Viaje a Bolivia: cruzando la frontera de la Quiaca a Villazón

Siempre quise recorrer Latinoamérica y cuando pensaba en hacerlo los dos países que se me venían a la mente eran Bolivia y Perú. Por qué asociaba un viaje por Latinoamérica con estos países y no con otros es un misterio. Quizás porque nací en Argentina y los tenía muy a mano. La cuestión es que pospuse una y mil veces, con distintas excusas, este viaje. Sin embargo, mi estancia en Argentina durante el año 2014 hizo posible que este viaje se hiciera realidad.

Banderas de Latinoamérica y del mundo, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Banderas de Latinoamérica y del mundo, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Algunas veces me imaginaba viajando  por Latinoamérica durante un mes o dos, otras veces durante una semana y otras durante un año, trabajando y viajando al mismo tiempo. La verdad es que no tenemos consciencia de las dimensiones de un lugar hasta que lo recorremos por tierra.  Así que la idea siempre había sido hacer el trayecto en bus o a dedo. Y eso hicimos: recorrimos el país en colectivos y 4×4.

Partimos David y yo, en agosto de 2014, pleno invierno en estas latitudes, desde San Salvador de Jujuy en un bus a la Quiaca, con la intención de cruzar la frontera a pie sin saber que la atención y recepción de documentos es a la intemperie y que pasaríamos un terrible frío esperando en la fila para cruzar de Argentina a Bolivia.

Llegamos a La Quiaca de madrugada, sobre las 5 o 6 am, demasiado pronto. Era de noche y las oficinas fronterizas estaban cerradas así que decidimos esperar en el suelo de una pequeña sala de la estación de buses de La Quiaca a que se hicieran las 7 am (¿las 7 en Argentina o en Bolivia?) para poder unirnos a las cientos de personas que cruzan la frontera.

Cartel Bienvenida a La Quiaca, Jujuy, Argentina, 2014 | rominitaviajera.com
Cartel Bienvenida a La Quiaca, Jujuy, Argentina, 2014 | rominitaviajera.com

Cuando empezamos a escuchar los rumores de que la estación estaba abierta, me atreví a acercarme a las cholitas que me miraban con desconfianza (tal vez porque me visto muy distinto a ellas, tal vez porque en mi rostro se ve que no soy del norte o tal vez porque simplemente no me conocen). Les pregunté si sabían a qué hora abrían la oficina para cruzar la frontera y después de mirarme de arriba a abajo empezaron a hablar entre ellas para finalmente decirme que a las 7 am. Pero que no sabían si era la hora de Bolivia o de Argentina (esto nunca me quedaría claro en el viaje). Y en un tono amable y cercano agregaron que tuviera cuidado, que no fuera caminando hasta la frontera, que estaba a ocho cuadras pero que mejor tomara un taxi como la mayoría de extranjeros, porque podía perderme y a esa hora podía ser peligroso. Les agradecí y volví junto a David que aguantaba el frío mejor que yo, sentado sobre las mochilas de viaje. Al cabo de un rato, preguntamos la hora y partimos hacia la frontera, en taxi, siguiendo las recomendaciones de la gente que sabe. La espera en la estación de buses de La Quiaca fue un momento curioso que de alguna manera anticipaba lo que viviríamos en Bolivia: esperas largas, miradas de desconfianza, incertidumbre, falta de información y de comunicación, pero también aroma a té y pan casero,  coloridos trajes y una sensación de haber cruzado ya la frontera y haber entrado en Bolivia sin haberlo hecho oficialmente.

En la frontera hay confusión, como en todas las fronteras creo yo, y hay ansiedad e impaciencia. La gente se amontona, algunos se pelean porque uno se quiso colar, los policías gritan órdenes, nos acomodan, piden documentos, preguntan razones, y vuelven a dar órdenes. Y para empeorar la situación la oficina fronteriza está en medio de un puente que cruza un río seco, frontera natural entre Bolivia y Argentina; un puente en el que el frío lo llena todo y te hiela las manos y las orejas si no llevas guantes ni gorro como algunos viajeros. Yo lleva todo peor igual estaba helada.

Mientras nos sellan la salida y nos dan indicaciones, se escuchan más gritos y órdenes de los policías del otro lado, los de Bolivia. Nada os separa de ellos más que unos escasos dos metros y un policía escondido en su bufanda que va clasificando a la gente según sean argentinos, bolivianos, peruanos u otras nacionalidades y diciéndoles qué necesitan. Pasamos a la cola de entrada a Bolivia y otra vez los saludos fríos, preguntas, sellos, papeles que no debemos perder, más sellos, y más indicaciones. Según dejamos la oficina y el puente de congelamiento matutino, nos sentimos aliviados: ¡Estamos en Bolivia! ¡Al fin!

Pero si bien cruzar la frontera a Villazón es estar ya en Bolivia, para nosotros el viaje empieza en Uyuni porque es nuestro primer destino, donde pasaremos la noche antes de iniciar una excursión de cuatro días al Salar del Uyuni y las Lagunas. ¿Pero realmente el viaje no empezó ya? ¿Acaso la llegada a San Salvador de Jujuy en avión desde Buenos Aires no es parte del viaje por Latinoamérica? ¿Quién define cuándo empieza el viaje en sí? ¿Termina en Machupichu como nos propusimos cuando salimos de Mar del Plata o termina al volver? ¿Cuándo volvemos realmente? Son mil preguntas que se amontonaban y se amontonan en mi cabeza loca cada vez que emprendo un viaje y que como viajera nata me cuesta responder.

Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

En el próximo artículo, les cuento el resto del viaje por Bolivia…

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1 comentario

  1. […] un artículo anterior comentaba cómo fue la sensación de atravesar la frontera de Argentina a Bolivia y cómo esa sensación se mantuvo varios días a lo largo del viaje. Al poco de cruzar, buscamos la […]

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