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Visita a The Killing Fields o un golpe de realidad

Visitar Phnom Penh, la capital de Camboya, fue un golpe de realidad a la vez que una experiencia nueva en este viaje por el Sudeste asiático. Por un lado, la ciudad me pareció hostil e insegura; pero por otro lado, volví a estar acompañada después de casi cuatro días sola y volví a hablar en español. Sin embargo, el verdadero golpe de realidad me vino de camino a Choeung Ek y al llegar allí cuando escuché la historia de los campos de exterminio y el genocidio camboyano de 1975 a 1978.

The Killing Fields o Cambos de exterminio en Phnom Penh, Camboya
The Killing Fields o Cambos de exterminio en Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015

Phnom Penh es una ciudad donde no tenía casi planes más que encontrarme con Lavinia, una de mis mejores amigas en esta vida; encontrarme con Borey, un camboyano que conocí en India hace cinco años con el que hablo a veces por Facebook; hacer el trámite de visado a Vietnam; ver el Palacio Real, alguna pagoda o algún templo; callejear por la ciudad y tomar algo en un sitio que colabore con proyectos de inclusión social para niños o mujeres en riesgo. Y básicamente, hice todo y algo más.

Monumento a la Independencia de Camboya, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015
Monumento a la Independencia de Camboya, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015

La llegada de Lavinia me alegró muchísimo porque podríamos compartir nuestras impresiones sobre el viaje por Asia y otros sentimientos que tenemos desde hace unos meses. Ver una cara amiga y hablar con la confianza que tengo con ella es un placer que pocas veces tenemos. Es algo que ella también sintió y lo cuenta en su blog La almendra viajera. Además, hablar en español con algunas mezclas de inglés me hizo sentir en casa y comprenderme a mí misma a través de sus ojos.

Ayer despertamos pronto y desayunamos en el hotel, cuyo personal nos tramitó el visado a Vietnam en el mismo día como “urgente” por ser vísperas de festivo (en Camboya estos días se celebra el Pchum Ben’s Day, día de ofrecer respeto a los seres queridos muertos y ofrecer comida a los espíritus). Después del desayuno, vino Borey, el chico camboyano, a saludarnos al hotel. Me contó más sobre este festival camboyano y me contó sobre su trabajo en una organización que lucha por los derechos humanos. Después de una larga charla sobre temas super interesantes, se ofreció en llevarme en la moto hasta el otro hostel al que nos trasladamos para pagar algo menos aquella noche. Fueron solo tres minutos en moto porque el hostel estaba al lado, pero fue super divertido montarme en una moto después de tantos años. Y yo que siempre voy caminando a todas partes, sentí una especial adrenalina.

Arroz sobre alfombras como ofrenda a los antepasados, Pchum Ben's day, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015
Arroz sobre alfombras como ofrenda a los antepasados, Pchum Ben’s day, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015

Por la tarde, Lavinia y yo fuimos a ver el Monumento a la Independencia, el Palacio Real, el monumento a la amistad con Vietnam, la pagoda Botum Vattey, y el Wat Phnom. Hacía tanto calor que me sentía en una nube; estaba poniendo a prueba mis propias fuerzas y no estaba resultando bien. En el interior de la Pagoda, la gente celebraba; a los costados había una mujer y un hombre mendigando, otras personas colgando la ropa y otros solo yaciendo sobre el suelo sin más. De todas formas, se respiraba un ambiente místico que parecía incapaz de lograrse en esta ciudad tan caótica en las calles al atardecer.

Celebración de Pchum Ben's day en Botumvatey Pagoda, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015
Celebración de Pchum Ben’s day en Botumvatey Pagoda, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015
Celebrando con ofrendas el Pchum Ben's day en Pagoda Botumvatey, Phnom Penh, Camboya
Celebrando con ofrendas el Pchum Ben’s day en Pagoda Botumvatey, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015

El recorrido por la ciudad resultó extenuante por el calor y la humedad insoportable, pero los smoothies que nos tomamos en Conecnting Hands, nos recuperaron por completo. Este café es un proyecto que destina sus ingresos a luchar contra la trata de mujeres y para evitar la exclusión social de antiguos niños de la calle. Así que los smoothies que nos tomamos fueron doblemente reconfortantes.

Fue ahí cuando decidimos ir a ver el campo de exterminio Choeung Ek, aunque en principio yo pensara que no íbamos a ver nada digno de visita. La verdad es que ver los campos de concentración fue algo impactante, como si retrocediera treinta años y me encontrara siendo testigo de aquellos horrores. Y también  fue el camino hacia allí lo que cambió mi perspectiva, un recorrido que debía durar 10 minutos y demoró 30 minutos.

Choeung Ek es uno de los “Killing fields” o campos de exterminio, que como en la Alemania nazi, servían de campo de concentración y trabajos forzados previos a la muerte. Fuimos hasta allí en tuk-tuk, atravesando la ciudad entera, observando la realidad de la capital camboyana desde nuestro cómodo asiento en el tuk-tuk. Motos que van y vienen, hombres y mujeres dirigiéndose hacia alguna parte esquivando al resto de la gente de la manera posible, kioskos ambulantes con olor a comida, basura al costado del camino, tuk-tuk que cruzan por el sentido contrario, algunas vacas que ralentizan nuestro camino compitiendo con los pozos de las calles sin asfaltar. ¿Es esta tu realidad, Camboya? ¿Es así como te gusta vivir o no te quedó opción porque el progreso te aplastó? ¿qué piensas? Cuéntamelo.

Vista desde el Tuk-tuk, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015
Vista desde el Tuk-tuk, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015

Al llegar a los campos de concentración y exterminio humano de Choeung Ek nos dieron audioguías. Escuchar en español con voz queda y pausada los horrores que se vivieron allí me tocó la fibra sensible y las lágrimas no hicieron más que aflorar incontroladamente. ¿Por qué? ¿Por qué Pol Pot querría hacer tanto daño a su propio pueblo, a sus hermanos y vecinos? ¿Por pensar diferente o por puro placer asesino? ¿Qué es lo que mueve a un genocida a exterminar a otros seres humanos? ¿Qué es lo que hace que un soldado no se revele y mate a un bebé golpeándolo contra un árbol o aplastandole la cabeza? ¿Por qué? ¿Por qué tanta crueldad y tanto horror?

Fosa común en los campos de concentración de Choeung Ek, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015
Fosa común en los campos de concentración de Choeung Ek, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015

Los pozos donde fueron cavadas las tumbas, los huesos que afloran a día de hoy a la superficie tras las lluvias, los cráneos que se enseñan como muestra de aquel horror, las ropas hechas jirones de niños asesinados, de hombres y mujeres inocentes que perdieron la vida sin saber porqué, fueron mi golpe de realidad.

Cráneos adultos en The Killing Fields, Choeung Ek, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015
Cráneos adultos en The Killing Fields, Choeung Ek, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015

De regreso, volviendo al bullicio de la ruta, a las bocinas, los motores de motos, camiones, tuk-tuk y coches, la gente hablando, riendo, viviendo, me quedo pensando en los gritos de los prisioneros que los jemeres rojos ahogaban con música de la revolución. ¿Acaso el ruido de la ruta no estará ahogando ahora mismo el grito desesperado de esa abuela camboyana que va pidiendo limosna o algo para comer  por las calles? ¿Acaso los gritos de los vendedores no acalla las voces de los que intentan gritarle al mundo su dolor? ¿Seremos tan sordos para no escuchar el grito ahogado del ser humano que sufre?

La casa de los espíritus, The Killing Fields, Choeung Ek, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015
La casa de los espíritus, The Killing Fields, Choeung Ek, Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015

Viajando por Camboya como local

Cuando salí de Siem Reap en mini van ayer por la mañana camino a Phnom Pehn sabía que tenía seis horas de viaje en un transporte estrecho y rodeada de camboyanos pero no fui consciente hasta qué punto esto me iba a marcar mi día y parte de la experiencia de mi viaje por Asia.

De Siem Reap a Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015
De Siem Reap a Phnom Penh, Camboya, Octubre 2015

Me tocó sentarme junto a dos camboyanas, una mujer mayor y otra joven. Al principio pensé que sería un viaje super interesante porque podría ir comentando con ellas sobre los paisajes y preguntando cosas ya que la gente acá es muy amable, pero al poco de salir de la ciudad, noté que pasaban de mi. Intenté preguntar alguna tontería a la mujer mayor y me sonrió sin responder. Bien, no habla inglés, lo capto. ¿Y ahora? ¿Cómo me comunico? La mujer más joven se durmió. Y al rato yo también me dormí.

Al cabo de dos horas y media, paramos a comer pero yo no tenía idea qué hacer así que seguí a la mujer mayor. Entramos en un restaurante de estos de ruta. Y cuando se dio cuenta que la seguía me indicó una mesa y se fue al baño. Me senté a la mesa y pedí mi desayuno/almuerzo. A los cinco minutos, la mujer mayor estaba sentándose a la mesa conmigo y sonriendo. Perfecto, quería compartir la comida conmigo. Yo feliz de poder entablar relación con ella aunque fuera a través de sonidos y gestos pero la cosa no pintaba fácil. Le pregunté qué era eso que tomaba (un líquido rosa en un vaso con hielo al que luego agregó leche de una lata) y me respondió con un nombre impronunciable. Bien, avanzabamos. Teníamos una conversación. Me ofreció su leche con cirope o algo así y la rechacé agradecida. Le ofrecí de mi comida y me dijo «ñam» y algo más que entendí como «no, come tú». Ya sabía que «ñam» era comer porque me lo había enseñado mi amigo del tuk-tuk en Siem Reap así que fue fácil.

Salimos del restaurante gracias a que ella me avisó que estaban llamándonos. No sé que me dijo pero lo entendí con gestos. Salimos juntas. Y una vez en la mini van otra vez volví a intentar hablarle en inglés lentamente. Nada. No había caso, no entendía ni pronunciaba ni una palabra en inglés. Pero la sonrisa me reconfortó. Así que saqué mi guía de viaje y busqué en el apartado de idiomas el jemer, el idioma de Camboya. Busqué una frase fácil: «chhmoh robsa anak chea avei?» (¿Cómo te llamas?) pero creo que no debí haberla pronunciado bien porque me miró extrañada y tomó el libro en sus manos y leyó mi frase en jemer porque se ve que no entendía las letras de nuestro idioma. Y me dijo «Oh, Mom». No podía llamarse de otra manera! Era genial: mom, como mamá en inglés. Era mi mamá camboyana.

Las horas pasaron y la mujer siempre estaba pendiente de mi, me ofreció sentarme con ella en un banco cuando bajamos en una estación de servicio y también me ofreció bebida y comida. Los demás me miraban y sonreían. Supongo que pensarían qué hace esta loca occidental tan lejos de su tierra acá viajando en una mini van por Camboya con nosotros. O quizás les hacía gracia mi forma de vestir. A saber! El asunto es que después de unas horas, la mujer joven me ofreció fruta en inglés. Sí! por fin! podría comunicarme. Empezamos a hablar de mil cosas. La fruta estaba buenísima, por cierto. Era algo parecido al lichi pero mas dulce y por fuera tiene una cáscara más dura.

Fruta: Rambutan o mamón chino, Camboya, 2015
Fruta: Rambutan o mamón chino, Camboya, 2015

La mujer joven y yo hablamos de nuestras vidas, de nuestras familias, de nuestros intereses, de la corrupción en Camboya, en España, en el mundo en general; hablamos de los salarios, de la situación económica del país, y de otras tantas cosas que nos venían a la cabeza. ¿Sabían que el salario mínimo en Camboya es de 150 dólares? Sin embargo, el costo de vida es mucho más alto. Y si un camboyano se quiere ir a vivir a otro país lo tiene muy difícil ya que el pasaporte cuesta 600 dólares y una visa de trabajo en un país vecino es muy difícil de conseguir. También me enteré que van a las fiestas de boda con vestidos super elegantes y que las bodas duran dos días y se come y baila mucho. Pero solo los ricos se van de viaje de luna de miel.

Comida y bebida en una Boda Camboyana
Comida y bebida en una Boda Camboyana – fuente: Google

Al cabo de un rato, la mujer mayor sacó un álbum de fotos y me mostró a su familia y empezó a explicarme quiénes eran. Obviamente no entendía nada así que necesité de la traducción de mi nueva amiga camboyana. Fue muy entretenido, la verdad. Terminamos las tres mostrándonos fotos de nuestras familias y riendo por las traducciones simultáneas. Aprendí a decir hermosa («saat») y recibí los mejores deseos de ambas de que mi viaje fuera bien y que pronto fuera bendecida con hijos. Nos despedimos con un «hasta pronto, espero volver a verte» y me sentí muy feliz por haber viajado con gente local y poder entenderlos un poco más.

Más tarde, paseando por Phnom Pehn, bajo un calor y una humedad insoportable, visitando el monumento a la Independencia camboyana de Francia, viendo pasar miles y miles de motos y tuk-tuk tocando bocina y cruzándose de un lado al otro, me acordé de ellas. De esas dos mujeres tan tranquilas que me transmitieron paz en mi viaje. Me quedé pensando en ellas, la mayor que me cuidó como si fuera mi madre aunque no entendiera una papa de lo que yo decía; y la joven que compartió conmigo su historia de vida, sus costumbres y sus preocupaciones. Pensaba en el amor que sienten por sus hijas, por su gente, en lo importante que es para ellas compartir un día con sus familias en el campo o viajar a otra ciudad para verlas. Me quedé pensando en ellas y en que al fin y al cabo no somos tan distintas. ¿No creen?