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Corrientes en 24 horas

Si me hubieran preguntado antes si se podía conocer Corrientes en 24 horas supongo que habría dicho que no pero después de haber disfrutado de un día maravilloso con una familia correntina encantadora podría afirmar lo contrario. No sé si conocimos literalmente Corrientes pero se puede decir que disfrutamos de gran parte de sus encantos: el Carnaval veraniego, un asado familiar auténticamente correntino, un paseo por pueblos cercanos, visita a un antiguo ferrocarril, y paseo por la Costanera. ¿Qué más se puede pedir?

Sin darme cuenta hacía ya un par de meses que mi propio viaje por Latinoamérica había empezado. Quizás no era consciente de ello. Hacía un mes y pico que no salíamos de la ciudad y yo tenía muchas ganas de viajar. A veces creo que es enfermizo, porque no puedo controlar las ganas de viajar y me entra mucha ansiedad. La cuestión es que a mi compañero de aventuras en esta vida se le ocurrió que podíamos viajar a Posadas a visitar a un amigo suyo que hacía tiempo tenía ganas de ver. Así matábamos dos pájaros de un tiro. Y entonces pensamos en pasar por Gualeguaychú de camino para conocer uno de los Carnavales más famosos del país, pero la ocupación hotelera estaba casi al 100% y las entradas estaban agotadas para todas las fechas porque era el último fin de semana del Carnaval en Argentina. Así que pensamos en Corrientes.
En realidad hacía tiempo que queríamos ir a Corrientes, a conocer a la familia de mi cuñado que siempre nos está diciendo que vayamos. Así que nos decidimos en menos de una semana y preparamos las valijas, el auto y el mate para el camino. Al mejor estilo argentino, como solían viajar mis bisabuelos, agarramos la ruta de Mar del Plata a Buenos Aires con la ilusión de unos adolescentes. Pasamos la noche en Buenos Aires, en casa de mis tíos que siempre me miman cuando ando de pasada por la Capital. Y el sábado a la mañana bien temprano emprendimos viaje hacia Corrientes. Lo que no sabíamos es que tardaríamos más de diez horas en llegar por la caravana de coches en la ruta. La próxima vez que se me ocurra viajar en auto para el feriado puente de Carnavales que alguien me detenga por favor.

Camino a Corrientes, Marzo 2014
Llegamos a Corrientes tardísimo, sobre las once de la noche, con hambre y ganas de ir a los Carnavales que mi cuñado había hecho famosísimos. Gracias a la predisposición y a los buenos contactos de su hermano, pudimos conseguir una plaza en las plateas del Corsódromo que estaba llenísimo de gente. Y la verdad es que fue increíble. Nunca había vivido un Carnaval tan alegre, donde todo el público canta, baila y aplaude. Se respiraba alegría pura; los trajes llenaban la pasarela de color; y sus bailarines, de una energía especial. Disfrutamos tanto como si fueramos parte de la familia correntina desde siempre. Fue un momento inolvidable. Descubrimos porqué Corrientes es “La Capital Nacional del Carnaval”.
Al día siguiente, desayunamos al aire libre en el parque de la casa donde nos alojamos, y más tarde llegaron familiares de mi cuñado y comimos un rico asado argentino. Pasamos un momento muy agradable en familia para irnos después a visitar una localidad cercana. 
El pueblo que visitamos se llama Santa Ana y conserva dos locomotoras y varios vagones junto a un anden, resguardados bajo un techo de chapa. Por lo que pude saber después gracias a la página Alepolvorines, esos trenes no pertenecían al famoso Tren Económico de Corrientes sino que fueron traídos desde otra población.
Al regreso a Corrientes Capital dimos un paseo por la Costanera nueva y la vieja. Si bien Corrientes no tiene acceso al mar, ésta playa no tenía nada que envidiarle a otras de la costa atlántica.

La Costanera, Corrientes Capital, Marzo 2014

Ésta historia y otras tantas son parte de Mi propio viaje por Latinoamérica.

Cuatro días en Villa Gesell y más

A las pocas semanas de llegar a Mar del Plata, en pleno verano argentino, nos asomamos a la costa atlántica: Villa Gesell, San Bernardo, Pinamar, Cariló, Mar azul. Fueron cuatro días estupendos, de tranquilidad, de campamento, playa, arena y mar. Y así comenzó mi propio viaje por Latinoamérica.

Viaje a Villa Gesell, Argentina, enero 2014

Cuando llegué a Argentina para celebrar el año nuevo no tenía un plan de viaje definido. A decir verdad, tenía una idea de lo que quería hacer, viajar y conocer mi país y los de alrededor sin dejar de trabajar pero tenía distintas ideas en mente y como era de esperar todo se fue dando de otra manera. Esto me suele pasar a menudo: yo planifico mientras la vida me va mostrando otros caminos.

El viaje por la costa atlántica no estaba en mis planes, o tal vez sí, ya no lo recuerdo. El tema es que necesitaba unos días de relax, desenchufar, dejar el celular en casa y dedicarme a sentir el viento, los pajaritos cantar y las olas del mar. Eso fue lo que tuvimos (mi novio y yo): unos días de paz y de aire puro acampando en Villa Gesell. Visitamos las ciudades y playas cercanas pero regresando siempre a cenar a Gesell donde dormíamos.

No nos tocaron días de mucho calor sino más bien lo contrario. Así que el primer día pudimos ir caminando desde el camping Afrika donde teníamos armada nuestra carpa hasta la playa de Gesell. Habíamos elegido un camping tranquilo, sin recitales por la noche, sin pileta ni juegos, simplemente un espacio donde estar en silencio, leyendo un libro, escuchando el sonido de la naturaleza, observando el fuego al calentar la pava para los mates o un té por la mañana. Y lo conseguimos.

Fueron días de mucho viento, algo normal por estos pagos, y en las playas de Gesell no había un alma. Los cuatro gatos que fuimos ese día de semana a la playa teníamos las inmensas arenas de Villa Gesell para nosotros solos pero todos estábamos igual: buscando un médano donde refugiarnos del viento que soplaba y hacía picar la arena muy fuerte. Aprovechamos para descansar, tomar unos mates y jugar a las cartas. ¿Por qué solo juego a las cartas cuando voy a la playa? ¿Les pasa lo mismo? De chica, jugaba por las tardes en casa de mi abuela pero con el tiempo se quedó relegado a un juego de playa.

Cuatro días en Gesell se convertían en un viaje muy corto y tranquilo si no nos acercábamos a San Bernardo, ciudad que hace rato quería conocer y de la que tanto hablaban últimamente mis amigas de Mar del Plata y algún taxista de Capital. Así que al segundo día de estar en Gesell nos fuimos para allá a pasar el día, a conocer sus playas y jugar un rato a la paleta en la arena dura de la orilla. El mar tenía unas olas hermosas y el sol nos estaba abrasando así que no dudamos en meternos al agua que estaba bien fría, como es normal en el Atlántico. Nos divertimos tanto saltando las olas como dos adolescentes. Ya no recordaba lo que era saltar las olas de semejante manera. ¡Qué hermoso cuando uno se siente así de feliz con algo tan insignificante! Es genial.

Por la noche, fuimos a caminar por el Paseo de las Artesanías de Gesell. Esos paseos son parecidos en todas las ciudades de la Costa Atlántica pero me encanta ver los trabajos artesanales, los colores de los tejidos a croché y descubrir alguna idea nueva para tejer o para armar. Además, caminando es como se descubren las ciudades, su gente y fue caminando por Gesell también como descubrimos varios artistas callejeros que nos hicieron pasar un lindo rato, riendo o sorprendiéndonos con malabares y magia. Me recordó a la primera y única vez que estuve en Villa Gesell cuando tenía nueve años y fuimos con la familia a festejar que “llegaban los reyes magos”. Desde entonces, muchas cosas cambiaron en Gesell y en mi vida pero había algo en aquel paseo que me hacía pensar que la esencia de esta hermosa ciudad costera estaba en pie.

Otro de los días fuimos a recorrer Cariló, a dar una vuelta, respirar aire puro, admirar chaléts impresionantes y cabañas de madera entrañables, charlar un rato, comer dulces, tocar los árboles. Nunca había estado en Cariló y me sorprendió que fuera tan grande y su centro (unas cuantas casonas de madera convertidos en locales comerciales de precios elevados) fuera tan concurrido. Por los coches estacionados alrededor del nuestro, por las casonas y por los precios de todo pudimos notar que es la localidad con más lujo de la zona. Los precios fuero los que nos hicieron desistir de la idea de merendar en Cariló y volver a Gesell, a nuestro ya adorado camping.

Cuatro días en Villa Gesell se pasan rápido pero aún nos quedaba algún lugar por conocer. Otro destino fue Mar de las Pampas, donde el paisaje boscoso se parecía a lo que vimos en Cariló así que decidimos ir directo a la playa pero nos confundimos y terminamos en Mar Azul. Ahí nos encontramos con lindas playas abiertas al pie de unos chalets de lujo. Pero también había pequeños médanos de arena fina que daban la sensación de playa salvaje a pesar de tener cerca la urbanización. Muy distinta sensación de la que se siente en las playas de San Bernardo o Pinamar, playas mucho más turísticas, mucho más comerciales.

Nuestro último destino de este rincón de la Costa Atlántica fue Pinamar. La verdad es que no es un lugar que me haya trasmitido mucho: demasiada gente en la playa, demasiada gente en todos lados. Paseamos un poco, nos tomamos un helado y nos fuimos. La paz que buscábamos no estaba ahí y sí en Gesell así que volvimos al camping, al descanso de un atardecer con sabor a sal mezclado con el aroma de la corteza quemándose en un fuego improvisado que anticipaba la cena de la última noche.

Con nuestro regreso a Mar del Plata dimos por finalizados nuestros cuatro días de escape, de paz y de descanso. Nos esperaban más viajes y más aventuras en este 2014.

Calles de arena en las localidades de la Costa Atlántica, enero 2014

Mis días en Kenia (parte IV)

Hace unos meses había empezado a escribir sobre mis días en África pero fue pasando el tiempo y dejé atrás los momentos vividos. Vienen a menudo a mi memoria y hoy quiero plasmarlos en un post nuevo.

Al segundo día de estar en Kenia escribía que había sido un día largo y que estaba muy cansada. Pero aún recuerdo esa sensación de felicidad al acostarme con ese calorcito de costa africana, en una habitación que no era la mía, dentro de una mosquitera gigante que daba la idea de una cama con cortinas de las antiguas. Me acostaba con la ilusión de que al día siguiente podría ver a todos los niños del orfanato, al que había ido de voluntariado, y jugar con ellos.

Esa noche escribí en mi diario: “Hoy me levanté y fui con Judith a comprar agua acá por el barrio a un kioskito como los que había en Mardel, a través de una ventanita de la casa. El viejo quería contarme lo que según él es la historia de España (hablando de los musulmanes que habitaron el país). Después fui con mama Agnes al orfanato pero los niños estaban en el cole. Desayunamos como a las ocho y fuimos con Judith a ver la ciudad”.

Cuando estás lejos de tu lugar de residencia vives cada momento al máximo, y tus retinas se impregnan de cada paisaje nuevo con lujo de detalles. Y eso es lo que experimentaba cada día en Malindi.

Ese día, una vez en el centro de la ciudad, donde hay negocios, algún supermercado y algunos bancos, tomamos fotos con los “masai warrior” que estaban de paso por la ciudad ganándose la vida. Viven de sus artesanías y a base de lo que el turista les da por posar para la foto.

Más tarde fuimos con Judith a caminar por la playa y vimos los barcos pesqueros, las redes y a los pescadores; caminamos por la escollera y disfrutamos del aire de mar antes de volver a casa en tuc-tuc.

De camino a casa paramos en un puesto de comida para llevar. Es curioso cómo están construidos los locales de comida, uno al lado del otro. Sin espacio entre sí pero con escasa simetría también. En realidad, todo me parecía curioso en Malindi.

Esa tarde fui a jugar con algunos niños del orfanato. Con los más pequeños. Enseguida se ganaron mi corazón. Cuando todos llegaron del colegio, me dieron la bienvenida con la canción Hakuna Matata. Fue un momento hermoso que es difícil de transmitir solo con palabras…

Esa misma noche tuve una experiencia divertida. Nos sentamos a la mesa y una de las hijas de mama Agnes sirvió la comida. Al ver que ellos comían con la mano, yo habiéndomelas lavado previamente, también utilicé las manos para agarrar la comida. Para mi sorpresa todos me miraron y largaron una carcajada. Hablaban en swahili y se reían de mí. Creí que estaba haciendo algo que no correspondía así que me detuve en seco. De repente una de ellas me dice “You are the only muzungu who eat with her hands and does’n t ask for spoon” (Tú eres la única extranjera que come con sus manos y no pide una cuchara). Yo sonreí y les dije que me encantaba comer con las manos  y que normalmente mi mamá no me dejaba y que ahora veía que era libre para hacerlo así que me alegraba de que ellos también lo hicieran. Tras decirles esto todos volvieron a reír y  me vitorearon por comer como ellos. Mama Agnes dijo que ya era una de los suyos.

Y así llegaba a su fin mi segundo día en Malindi…

Pescador quitándole la piel a una especie de víbora de mar
Malindi (Kenia) 2012