Glaciar Perito Moreno

Qué ver en El Calafate

Siempre había soñado con conocer los glaciares argentinos y alguna vez había fantaseado con la idea de viajar al Fin del mundo. Lo que jamás imaginé es que iría de luna de miel. Sin embargo, así fue: nos fuimos de luna de miel a El Calafate y Ushuaia y fue un viaje inolvidable. En este artículo te cuento qué ver en El Calafate en tres días que fue el tiempo que nosotros estuvimos.

Si disponen de más tiempo pueden hacer un paseo a caballo por la Estancia Cristina o incluso una excursión al Chaltén como hicieron nuestros amigos años después. La otra parte del viaje de luna de miel, la cuento acá: qué ver en Ushuaia en cuatro días.

Cuando se mencionan estos dos lugares juntos no es porque estén cercas, sino porque muchos packs turísticos los ofrecen así. La realidad es que hay una hora y cuarto de avión entre El Calafate y Ushuaia, unas diez horas en coche y más de siete días caminando sin parar, lo cual sería tarea imposible.

Lago Argentino

Lago Argentino, El Calafate, Argentina, 2014 | rominitaviajera.com

Qué ver en El Calafate

Nuestra estadía en El Calafate no fue en un hostel como muchos de nuestros viajes, sino que aprovechando la excusa de la luna de miel nos fuimos a un buen hotel con hermosas vistas: el Alto Calafate Hotel Patagónico, donde disfrutamos de la piscina y del spa. Y por supuesto, de una privilegiada vista al Lago Argentino.

Glaciar Perito Moreno

Cuando pensaba en los glaciares el único que se me venia a la mente es el Perito Moreno así que fue el primero que quise conocer. Compramos los pasajes en la estación de buses de la ciudad y sobre las 13 hs. estábamos saliendo para el Parque Natural.

Llegar al Parque y ver el glaciar Perito Moreno en su explendor, fue tan emocionante como cuando vi por primera vez las Cataratas del Iguazú. ¡Qué blancura! ¡Cuánta belleza! La inmensidad y la hermosura del paisaje me dejaron sin palabras y me dejé llevar.

Hicimos los distintos recorridos a pie parando de vez en cuando para admirar la belleza del glaciar, para sacar una foto, para escuchar un trozo de hielo caer al agua o simplemente para llenarnos de paz. Por momentos el silencio era absoluto y nos invadía la serenidad, hasta que los pedazos de hielo cayendo nos sorprendían con su estruendo. Lo había visto en documentales pero nada se compara con estar ahí viviéndolo frente a frente. Es increíble.

Si además de verlo de cerca, les apetece hacer caminar sobre el glaciar no se pierdan la excursión Senderismo por el Glaciar Perito Moreno.

Glaciar Perito Moreno

Glaciar Perito Moreno, Santa Cruz, Argentina, 2014 | rominitaviajera.com

Excursión Ríos de hielo

Podríamos haber ido al Chaltén pero estábamos antojados en ver más y más glaciares. Así que lo dejamos para un futuro viaje, quizás celebrando algún aniversario. Reservamos la excursión Ríos de Hielo el día antes de hacerla y nos costó cerca de 100 dolares a cada uno, pero merece muchísimo la pena. Compramos la excursión en la oficina de la agencia dueña de los barcos: Solo Patagonia, para evitar intermediarios. De todas formas, se puede reservar esta excursión con anticipación y no cambian demasiado los precios. Pueden reservar la Excursión Ríos de Hielo en Civitatis por 98€ a fecha de noviembre de 2019, y ya se quedan tranquilos de que en esa fecha saldrán.

La excursión nos permitió descubrir los Glaciares Upsala y Spegazzini, desconocidos por nosotros hasta ese día, y disfrutar de un paisaje único: gélido pero bellísimo.

Durante el recorrido, tanto de ida como de vuelta, fuimos viendo témpanos de hielo, algunos blanquecinos y otros más azules. Todos hermosos. Pero lo mejor fue llegar al final del recorrido y ver el Upsala imponente y magnífico ; y luego el glaciar Spegazzini, que nos dejó boquiabiertos por su belleza que pudimos apreciar muy de cerca. Impresiona pero también emociona.

Excursión Ríos de hielo

Excursión Ríos de hielo, Santa Cruz, Argentina, 2014 | rominitaviajera.com

Paseando por el Calafate

El último día en El Calafate lo aprovechamos para dar un paseo por la ciudad, recorrer sus rincones, ver artesanías, tomar unos mates en un bar en la zona de la Aldea de los gnomos, y comer como reyes en lo de Doña Mecha a muy buen precio.

El Calafate

El Calafate, Santa Cruz, Patagonia, Argentina, 2014 | rominitaviajera.com

Nos despedimos de El Calafate para volar hacia la Tierra del Fuego, a Ushuaia, la ciudad del fin del mundo.

Vista panorámica desde Isla del Sol, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Viaje a Bolivia: Lago Titicaca, Copacabana y La Isla del Sol

Para ir a la Isla del Sol teníamos que ir antes a Copacabana y estábamos en La Paz, ya de regreso de nuestro viaje a Cuzco y Machupichu. Un bus nos pasó a buscar por una de las calles céntricas de La Paz. Subimos a la parte alta de la ciudad, vimos la zona del inicio del Teleférico, hicimos unas paradas en los barrios de la montaña para recoger gente y seguimos camino.
La Isla del Sol, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Lago Titicaca, Copacabana, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Bordeamos el famoso Lago Titicaca, hermoso en su inmensidad, y seguimos camino hacia el Estrecho de Tiquina, donde tendríamos que bajar del bus para cruzar al otro lado. Fue curioso ver cómo el bus se iba en una embarcación y nosotros en otra. Nunca había visto un barco o lo que fuere llevar un bus encima para cruzar un estrecho. Nosotros cruzamos en lancha. Al llegar al otro extremo, nos pidieron los pasaportes. Seguíamos en Bolivia pero por alguna razón temen que vengas en lancha desde Perú sin papeles.
Después de cruzar el estrecho aún nos quedaba un rato largo subiendo por rutas que hacían zigzag. Llegamos a Copacabana después de tres horas y media. Ahí nos esperaba un guía local para mostrarnos la ciudad y acompañarnos hasta el lugar donde comeríamos y darnos los tickets de la embarcación que cruzaría el Lago Titicaca hasta la Isla del Sol.
Calle comercial, Copacabana, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Calle comercial, Copacabana, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

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Machupichu: la felicidad de alcanzar un sueño

Este artículo es parte de una serie de relatos que forman parte de Mi propio viaje por Latinoamérica.
Cuando era chica soñaba con aprender algún día el idioma quechua y conocer tierras incaicas. Y entre esos sueños me imaginaba un día paseando por Machupichu y admirando sus construcciones para comprender al Gran Imperio y su gente. Y ese pedacito de sueño un día se hizo realidad.
Cuando una sueña tanto con algo, lo imagina, lo planea, lo siente, pero nada se parece al momento en que una se da cuenta que ha alcanzado ese sueño, que se ha hecho realidad. Y es en ese momento cuando las lágrimas afloran solas sin más, sin preámbulos, sin aviso, salen y ruedan hasta el suelo envolviendo de magia ese instante. Eso me pasó al llegar a Machupichu.
Llegamos a Machupichu después de subir los 2500 escalones que van desde Aguas Calientes a las ruinas. Llegamos cansados, extenuados, fusilados, pero felices.
Pero mejor empecemos por el principio, por la salida de Cuzco el día anterior:
Después de pasar la noche el La Posada del Viajero, Felicitas nos vino a buscar para ir juntos hasta La Plaza de Armas desde donde partía nuestro minibús hacia la Hidroeléctrica, lugar donde tenía inicio nuestra caminata de algo más de dos horas para llegar al pueblo de Aguas Calientes, antes de que caiga la noche.
El camino hasta la Hidroeléctrica es muy bonito; pasa por Ollantaytambo, un poblado incaico a 90 km de Cuzco que tiene mucho encanto; y por Santa Teresa, donde las agencias paran para comer algo más de media hora. El viaje se hace un poco largo porque estar dentro de una mini van tantas horas hace que se te entumezca todo pero creo que es la mejor opción si no has tenido la oportunidad de hacer el Camino del Inca.
Artesanías en Ollantaytambo, de Cuzco a la Hidroeléctrica, Perú, 2014
Cuando llegamos a la Hidroeléctrica ya habíamos hecho amigos: una pareja de chilenos más jóvenes que estaban de vacaciones como nosotros. Iniciamos la caminata con toda la ilusión del mundo, subimos por en medio del paisaje húmedo y selvático, caminamos junto al río, sobre las rocas o junto a las vías del tren que no pasaría hasta última hora de la tarde.
Camino de la Hidroeléctrica hacia Aguas Calientes, Machupichu, Perú, 2014
Camino de la Hidroeléctrica a Machupichu, Perú, 2014
Camino de Hidroeléctrica a Aguas Calientes, Machupichu, Perú, 2014
Llegamos a Aguas Calientes con nuestras últimas energías, con mucha hambre y con ganas de una buena ducha. Sin embargo, tuvimos que esperar más de una hora para que nuestro guía apareciera.
El guía nos acompañó a comprar las entradas para entrar a Machupichu a la mañana siguiente. 
Como ya las teníamos pagas y nos esperábamos que nos dijeran que teníamos que entrar a comprarlas, hubo un rato de confusión y malestar pero al parecer funciona así: los guías devuelven el dinero que uno le pagó por la entrada a Machupichu y le hacen comprarla a uno mismo. Otra confusión se genera cuando ves que las entradas son para entrar dentro de un mes. El guía nos aseguró que no pasaba nada pero hasta que no estuvimos dentro de Machupichu no nos quedamos tranquilos. Allí otro guía nos contaría que eso es parte de una trampa a la que se presta el gobierno para sortear las condiciones de capacidad por día que le pone la UNESCO como entidad encargada de haber nombrado a Machupichu Patrimonio de la Humanidad. Sin comentarios.
La cena que viene después de esos ratos amargos, es muy buena. Lo pasamos bien charlando con nuestros nuevos amigos chilenos. Paseamos un poco por las callecitas de Aguas Calientes, me compré un bolso de tejido típico peruano y algún imán para regalar. Y a dormir, que al otro día habría que levantarse a las 4 am.
De Aguas Calientes a Machupichu
Antes de las 4.30 am estábamos listos para subir a Machupichu, en la plaza principal de Aguas Calientes. Llovía mucho y finito. Hacía frío. La excursión no pintaba bien. Íbamos con una linterna ecológica que en esa ocasión no resultaba útil porque te ocupa las manos al tener que darle a la manivela que la recarga. Caminamos hacia el primer control de pasaporte y entrada por un camino embarrado y lleno de charcos que a duras penas veíamos a tiempo para sortear. La cola de espera era inmensa. Y se hizo aún más inmensa detrás nuestro.
A las 5 am comenzamos a subir las escaleras hacia Machupichu. Teníamos que llegar a las 6.15 am, hora en que habíamos quedado con nuestro guía para entrar todos juntos en grupo. Era imposible ya que decían que se tardaba una hora y media en subir. De todas formas, el grupo esperaría hasta las 6.45 am si no habían llegado todos los integrantes. Así que teníamos algo de ventaja pero no demasiada.
Subiendo de Aguas Calientes a Machupichu, Perú, 2014
Son 2500 escalones para subir a Machupichu. Hay descansos pero no muchos. Los escalones son altos. La escalera va haciendo zigzag. Y la verdad es que nos costó mucho más de lo que imaginábamos. Nunca habíamos subido tantos escalones en nuestras vidas. Hubo momentos en que pensamos que no llegaríamos, que era imposible, que tendríamos que volver y comprar los pasajes de bus de subida. Nos faltaba el aire, las piernas nos temblaban. Nos dimos cuenta que estábamos fuera de estado y que el mal de altura no ayudaba. Dos veces estuvimos a punto de renunciar y nos animamos el uno al otro. “Llegamos hasta acá, ahora no podemos bajar los brazos, hay que llegar, tenemos que subir para ver Machupichu”. “Dale, vos podés, podemos, juntos podemos, tenemos que llegar, no se puede volver atrás”.
Y llegamos.
Dos horas más tarde de haber iniciado el ascenso, llegamos al final de la bendita escalera incaica. El grupo ya se había ido. No hacía mucho. Hacía quince minutos que habían entrado. Lo supimos después. Pero no veíamos la banderita por ninguna parte. Encontramos otro grupo que se llamaba igual y nos unimos. Nadie se dio cuenta.  A lo mejor nuestro grupo estaba dividido en dos. Lástima que no estaban nuestros amigos chilenos para compartir la experiencia, porque habían ido delante.
Ya nada importaba. Estábamos en Machupichu. El dolor y el cansancio se habían quedado atrás. La emoción por haber llegado y estar contemplando uno de los lugares más maravillosos del mundo, era plena. Nos invadía.
Machupichu, Perú, 2014, Disfrutarlavidahoy.com
Machupichu, Perú, 2014, Disfrutarlavidahoy.com
Recorrimos todo, de punta a punta, escuchando atentamente las explicaciones del guía. Admiramos las construcciones, contemplando el paisaje, las montañas, la niebla que poco a poco se retiraba junto con las nubes, las llamas que pastaban acá y allá, las escaleras, los caminos. Todo lo que nos rodeaba era digno de admiración.
Machupichu, Perú, 2014, Disfrutarlavidahoy.com
Cuando la visita guiada terminó, nos quedaba una cosa que hacer antes de irnos a tomar el bus que nos bajaría a Aguas Calientes: subir a la cima de Machupichu y contemplar las ruinas de la ciudad incaica y la montaña Waynapichu desde lo alto. Y lo hicimos. Y nos sentamos en el borde de una terraza a descansar. Y fue en ese momento cuando nos dimos cuenta que habíamos cumplido un gran sueño, de esos por los que merece la pena luchar, contra la falta de aire, las escaleras, el frío, la lluvia, contra todo. Merece la pena.

Un sueño cumplido llena el alma de felicidad.
Cima de Machupichu, Perú, 2014.
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De paso por La Paz, Bolivia

El viaje a Bolivia estaba resultando una aventura y solo llevábamos cinco días en el país. Queríamos ir a La Paz y la Isla del Sol pero no teníamos muy claro cuántos días dedicaríamos a uno y otro sitio, ya que la meta del viaje estaba en Machupichu.

Nos despedimos de nuestros compañeros de excursiones y salimos desde Uyuni a La Paz en un bus nocturno para ir durmiendo. Llegamos a las 7.30 am a la capital de Bolivia y nos tomamos un té con pan en la estación de autobuses que parecía estar despertando a esa hora. 

En la cola del baño de la estación me sentí extranjera. A esa hora, solo había mujeres locales, con sus trenzas de pelo oscuro, sus faldas coloridas, su carga al hombro, bajitas y encorvadas por el peso de la carga, esperando su turno pacientemente. Pero lo que más me llamó la atención es que la fila para entrar al baño de hombres era más larga y todos entraban con un bidón de agua en sus manos. Todos menos los extranjeros que parecían desconocer la costumbre del lugar.

Queríamos ver La Paz. Queríamos, de verdad. Sin embargo, una idea venía rondando nuestras cabezas: ¿Y si seguimos viaje hacia Perú y ya vemos La Paz en el camino de regreso a casa? Y cuando una idea surge en los dos viajeros se instala de manera que es difícil ignorarla. Así que en cuanto desayunamos y las oficinas de transporte abrieron, nos informamos sobre los horarios de salida de los buses a Cuzco directos y nos compramos dos pasajes para las once o doce del mediodía.

Ya que nos quedaban unas horas para embarcarnos otra vez en un bus durante ocho horas, aprovechamos nuestro paso por La Paz para intentar conocer los alrededores de la estación de buses. Dentro, la gente no había sido muy amable así que esperábamos encontrarnos gente más amable fuera. Asomamos nuestros ojos inquietos y nos topamos con varios taxistas ofreciéndose a llevarnos al centro de la ciudad. Agradecimos y cruzamos la calle en dirección hacia un edificio que anunciaba “Hostel” con un cartel luminoso. Tomamos nota de la dirección y los precios y nos fuimos.

Zona céntrica de La Paz, Bolivia, invierno 2014
A simple vista, la ciudad no invitaba a recorrerla. No sé exactamente bien porqué. Quizás la cantidad de coches yendo y viniendo, los bocinazos, los edificios de ladrillo a la vista a un lado y a otro del camino, el griterío y el ruido, la falta de tranquilidad, de paz. Ironía del destino que la ciudad de La Paz nos ofreciera de todo menos paz.

Dicen que la experiencia en un sitio depende mucho de nuestro estado de ánimo y a veces pienso que fue la ansiedad por llegar a Machupichu y el agotamiento del viaje en bus desde Uyuni lo que me hizo ver de aquel modo La Paz. Pero no fue el único día que estuvimos de paso por la ciudad. Al volver de Cuzco, cuatro días después, tuve la misma sensación o peor. La Paz, definitivamente, no nos gustó.

Segundo paso por La Paz

Al llegar por segunda vez a La Paz creí que todo sería más fácil porque ya estábamos menos ansiosos y teníamos tiempo de sobra para recorrer la ciudad, ir a Isla del Sol y regresar a nuestro punto de partida a través de la Quiaca en Argentina. Sin embargo, la experiencia fue bastante fea. En la estación de buses la gente seguía siendo poco amable, tal vez cansados de los extranjeros con sus mochilas que llegan todos los años a la ciudad o tal vez por sus motivos personales. La cuestión es que todos nos huían o nos miraban con desconfianza, nos atendían con desgano y prisa. Empecé a extrañar las sonrisas y me di cuenta que eso me ponía triste.

En el hostel donde pensábamos pasar la noche no tuvimos mejor suerte. El recepcionista no nos atendió bien y nos hizo sentir incómodos así que decidimos irnos a buscar otro sitio donde dormir. En la oficina de turismo nos habían hablado de la Iglesia de San Francisco así que nos dirigimos hacia allí para ver si teníamos mejor suerte con los hoteles de la zona. Por el camino, seguimos encontrándonos muchos coches y mucha gente. Miramos hacia la montaña y vemos que está totalmente urbanizada: un edificio tras otro, encima del otro, amontonados de forma desorganizada afeando el paisaje.

Detrás de la Iglesia San Francisco, las calles estaban en obras así que los turistas y locales se amontonaban entre las aceras y las calles cuesta arriba. Los coches que se atrevían a subir la cuesta no tenían casi por donde pasar de la cantidad de gente que sobresalía de las aceras. Paramos en una agencia y preguntamos por la excursión a Isla del Sol. Ya salía al día siguiente así que teníamos tiempo de ubicarnos primero.

Plaza San Francisco, La Paz, Bolivia, Invierno 2014
Encontramos un hotel en la zona cercana a la peatonal Linares que también estaba en obras. El hotel se llamaba Lion Palace Hostel y era muy bonito y bastante cómodo así que pudimos por fin descansar. Y recobrar fuerzas para irnos a recorrer la ciudad.

Dimos unas vueltas, nos perdimos en un barrio desolado, que olía a pescado y a fruta podrida, nos topamos con un callejón sin salida y las pocas personas que había en la zona nos miraban con desconfianza. No había ni un turista por allí. Entramos en un kiosko que tenía un teléfono antiguo que podía utilizarse por unas monedas. Lo hicimos para llamar al teléfono que nos habían dado en el hotel de una persona que organizaba excursiones a Isla del Sol. No pudimos escuchar bien a la persona que nos atendió así que abandonamos la tarea y decidimos volver a la zona de la peatonal Linares para ver si alguna de las agencias seguía abierta y podíamos contratar la excursión.

Calles de La Paz, Bolivia, invierno 2014
Por suerte, unas horas más tarde dimos con una mujer muy amable en una agencia en una de las calles cercanas a nuestro hotel y por algo más de 400 bolivianos contratamos la excursión para dos, saliendo desde La Paz a Copacabana, cruzando el Lago Titicaca y llegando a la Isla del sol después de comer. Pero este día lo cuento en un próximo artículo.

La verdad es que me hubiera gustado que nuestro paso por la Paz fuera más agradable, que la gente nos hubiera encantado, que el paisaje nos hubiera enamorado pero no fue así. La Paz no nos gustó. La gente con la que tratamos, salvo una excepción, no fue amable. No respiramos ni alegría ni tranquilidad. Nos pareció una ciudad algo caótica, sucia, dejada, maltratada, ruidosa y superpoblada. Y a día de hoy aún sigo preguntándome si solo fue una sensación nuestra o si de verdad La Paz no es una ciudad linda y amable al viajero.

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La peor noche de mi vida, en Bolivia

Tres días por el suroeste de Bolivia dan para mucho que contar y es que todo fue una aventura. Si pinchar dos veces la rueda de la camioneta fue parte del viaje, también lo fue pasar la peor noche de mi vida en un pueblo del que no recuerdo el nombre y en el que soñé (o aluciné) que estaba en casa de mi tía en Mar del Plata.
Llegamos a nuestro «hostel» cuando aún era de día y merendamos. Dimos un paseo para conocer el lugar: un pueblo casi sin habitantes, con unos diez o doce refugios que funcionan como alojamiento para los turistas que deciden atravesar el Salar del Uyuni. Y jugamos un rato con las llamas, antes de que cayera la noche y con ella el frío y todo lo demás.
Llamas en la Reserva Natural de Fauna Andina Eduardo Avaroa
Alojamientos en la Reserva Natural de Fauna Andina, Bolivia
Al caer la noche, nos damos cuenta que nuestro hogar de esa noche es bastante inhóspito: la salamandra encendida en el pasillo con mesas que hace de comedor y merendero, da algo de calor pero se escapa por las ventanas y huye hacia la puerta cada vez que alguien la abre. En este momento, con dos o tres grados bajo cero, empiezo a extrañar la doble ventana, la calefacción central y otras tantas cosas de la «ciudad». Estoy abrigada con todo lo que puedo abrigarme y aún así tengo frío. Y para colmo de males, había prometido a Marion, mi compañera de viaje mujer, que saldríamos a ver las estrellas del desierto, aunque fuera tan solo cinco minutos. Lo hicimos y fue hermoso mientras duró. Pero volví adentro, después de cinco minutos contados por reloj, literalmente congelada. 
¿Hace más frío del que dicen? ¿Los dos o tres grados bajo cero del desierto son más fríos que los de la ciudad? ¿Tengo mal de altura como dice nuestro guía? Acepto el té de coca que me ofrece y me acuesto. Es temprano pero mañana a las 4 am tenemos que levantarnos. A lo mejor el té alivia un poco mi sensación de malestar, mi dolor de cabeza, pero no el frío, que ni las mil mantas ni la bolsa de dormir ni el calor de David alivian. ¿Tengo fiebre? A lo mejor sí, quién sabe. ¿Dónde estoy? ¿Tía, me das agua con limón para el estómago? Mi tía no está ahí pero por alguna razón yo estoy alucinando que estoy en casa de mi tía en Mar del Plata, descompuesta y pidiéndole ayuda. La noche se hace eterna y al levantarnos a las 4 am. yo siento que he pasado la peor noche de mi vida.

Y por si no fuera suficiente lo mal que he pasado la noche, me encuentro desayunando a las 5 am en un pasillo ancho que hace de comedor, con mucho frío y con muy pocas ganas de salir de excursión. Esa mañana visitamos los Géiseres y yo apenas pude bajar de la camioneta 4×4 para sacarme una foto en una salida de vapor que hacía un ruido muy fuerte.

Por suerte, cuando llegamos a las Aguas termales ya me sentía algo mejor y si no me sentía mejor, los 30 grados de las aguas de la poza donde me animé a meterme a pesar del frío exterior, me hicieron sentir mejor. Y poco a poco fui olvidando la mala noche que pasé por el mal de altura en Bolivia.

A 30 grados en las Aguas Termales del sur de Bolivia, 2014
Géiseres en el sur de Bolivia, 2014

@rominitaviajera en el Desierto de Sal, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Aventuras en el Salar del Uyuni, Bolivia

El viaje a Bolivia empezó en Villazón, siguió por Uyuni y toda su extensión de Salar y lagunas, y terminó en La Paz unos días más tarde. Fue corto (4 días) pero intenso. Intenso en muchos sentidos.

Camino al Cementerio de trenes, Desierto de Uyuni, Bolivia, Agosto 2014 | rominitaviajera.com

Camino al Cementerio de trenes, Desierto de Uyuni, Bolivia, Agosto 2014 | rominitaviajera.com

En el anterior artículo «La odisea de llegar a Uyuni» contaba que estábamos por iniciar la excursión de tres días que nos llevaría a visitar el Cementerio de Trenes, recorrer el Salar del Uyuni, dormir en un Hotel de Sal, caminar por la Isla Incahuasi, ver el Volcán Ollagüe, ver la Laguna Colorada, visitar la Laguna Hedionda, sacarnos fotos en el Árbol de piedra, dormir en medio del desierto, ver y «tocar» el vapor de los Géiseres y bañarnos en las Aguas termales del Volcán Licancabur. Y hoy voy a contarles cómo fue parte de esa aventura.
Alrededores de Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Alrededores de Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

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Mapa Satelital del Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Viaje a Bolivia: la odisea de llegar a Uyuni

Cuando entramos en Bolivia, por Villazón desde La Quiaca, caminando con nuestras mochilas a cuestas, lo hicimos con ilusión y con incertidumbre a la vez: ¿qué nos esperaría en el país vecino a nuestra tierra natal? ¿Cómo sería la gente? ¿La comida? ¿El transporte? ¿Los alojamientos? No teníamos nada reservado, solo llevábamos con nosotros unos cuántos papeles con itinerarios sugeridos por algunas empresas turísticas y unas ganas terribles de conocer el Salar del Uyuni.

En un artículo anterior comentaba cómo fue la sensación de atravesar la frontera de Argentina a Bolivia y cómo esa sensación se mantuvo varios días a lo largo del viaje. Al poco de cruzar, buscamos la estación de buses pero antes teníamos que cambiar los pesos argentinos por pesos bolivianos, tarea poco fácil a esas horas tan tempranas y con una situación económica en Argentina poco favorable a comprar divisas extranjeras. Esperamos un buen rato a que abriera una agencia que nunca abrió, caminamos siguiendo la intuición de un profesor porteño que tenía su familia trabajando en La Paz y hacia allá se dirigía, y así llegamos a una agencia donde nos hicieron un pésimo cambio que nos permitió empezar a movernos por Bolivia.

El profesor nos acompañó en nuestra caminata de diez minutos hacia la estación de buses de Villazón mientras nos contaba que iba a visitar a su hijo que vivía desde hace algunos años en La Paz, después de haber vivido en Inglaterra. Curioso cambio, pensamos David y yo. Nosotros le contamos nuestra historia y nuestro deseo de llegar a Cuzco y subir al Machupichu después de ver el Salar del Uyuni en Bolivia. Entre tanto, compramos los pasajes de bus hacia Uyuni a una de las chicas que los ofrecía a gritos en la puerta de la estación. Estábamos cansados y con frío así que buscamos un remanso al sol y ahí nos volvimos a encontrar con el profesor de Universidad que nos recomendó distintas comidas a probar en La Paz como el Chairo, con chuño que es papa deshidratada.

Casi una hora más tarde, apareció nuestro bus, aquel que nos llevaría hasta Uyuni por tierras desconocidas hasta el momento. Algunos de los pasajeros eran locales pero había un grupo de extranjeros viajeros como nosotros: un vasco, una francesa, un chino y un coreano, que terminarían convirtiéndose en nuestros compañeros de viaje durante los próximos cuatro días.

El viaje en bus desde Villazón a Uyuni fue una tortura para nuestros ojos por el polvo que entraba por todos los agujeros posibles, para la cabeza por el vaivén ocasionado por los pozos y piedras de la ruta desértica y para los oídos por todos los ruidos que hacía ese bus que estoy segura que tenía los amortiguadores un poco viejos. Si se sufre de dolores de espalda tampoco es recomendable esta ruta en bus porque los golpes que recibe la cintura y las cervicales se sienten mucho. A lo mejor yendo por la ruta nacional 14 hasta Potosí se evitan esta situación pero a lo mejor en Potosí hay que cambiar de buses y puede que todo lleve más de 12 horas. Es un tema que tengo que investigar…

Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Al día siguiente, debíamos estar en la agencia con nuestras mochilas, dispuestos a pasar horas en nuestras camionetas 4×4 para visitar el Cementerio de Trenes, recorrer el Salar del Uyuni con sus más de 10 mil Km cuadrados, dormir en un Hotel de Sal, caminar por la Isla del Pescado, ver el Volcán Ollague, visitar la Laguna Hedionda, el Valle de la Luna, el Árbol de piedra, la Laguna Colorada y sus flamencos, dormir en medio del desierto muertos de frío, recibir el calor de los Géiseres y bañarnos en las Aguas termales del Volcán Licancabur, ver la Laguna verde congelada y regresar a Uyuni. Una excursión de cuatro días que contaré en los próximos artículos de «Mi propio viaje por Latinoamérica«.

David y @rominitaviajera en Uyuni centro, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

David y @rominitaviajera en Uyuni centro, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Finalmente, después de casi diez horas llegamos a Uyuni, el pueblo que sería nuestro punto de partida para el viaje de cuatro días que estábamos por hacer. Con nuestros nuevos amigos de distintas partes del mundo, buscamos un hostel barato, pero con agua caliente y wifi para contactar a nuestras familias. Dejamos nuestras cosas en los cuartos, y nos fuimos a recorrer el pueblo, en busca de una agencia que nos llevara al día siguiente y durante 4 días a recorrer el Salar del Uyuni en 4×4. Contratamos una agencia recomendada por japoneses (ellos siempre eligen lo mejor) y nos fuimos a cenar a una taberna local donde probamos unas sopas típicas para entrar en calor. Y así nos preparamos para lo que nos esperaba…

Mapa Satelital del Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Mapa Satelital de @Google del Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Pan de Azúcar, Rio de Janeiro, Brasil 2014

Viaje a Brasil Parte II: Rio de Janeiro e Ilha Grande

El viaje a Brasil empezó con una noche en Sao Paulo, un par de días en Salvador de Bahía y otros dos en Morro de Sao Paulo, historia que cuento en el anterior post. Esta es una continuación de ese artículo: de Salvador de Bahía volamos a Rio, la «ciudad maravillosa».

@rominitaviajera en Playa Vermelha, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

@rominitaviajera en Playa Vermelha, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

En Rio de Janeiro fuimos ocho: el grupo de Salvador y Morro más mi primo del alma que llegó el mismo día que nosotros a la ciudad, directo desde Buenos Aires. Siguiendo las recomendaciones de nuestra amiga brasilera, habíamos reservado un apartamento en el barrio de Ipanema. Estábamos a dos cuadras de la playa, tanto de Ipanema como de Copacabana. No teníamos vistas maravillosas porque no estábamos en la parte alta de la ciudad pero la verdad es que no nos hicieron falta porque no pasamos mucho tiempo en nuestro alojamiento. Nos dedicamos a recorrer la zona, a visitar el Pan de Azúcar, el Cristo, los barrios del centro y las playas emblemáticas de la ciudad.

Playa de Ipanema, Rio de Janeiro

Playa de Ipanema, Rio de Janeiro | rominitaviajera.com

Tras acomodarnos en el apartamento de Marcelo, un brasilero muy simpático que nos recomendó lugares donde comer y tomar algo, nos fuimos a inspeccionar el barrio y a descubrir por qué las playas de Ipanema son tan famosas. Paseamos un rato por la orilla mojando los pies en el mar carioca, admirando el paisaje a un lado y al otro. Y así fue como llegamos a la «Pedra do Arpoador», que si bien no permite el acceso a las playas de Copacabana, está justo entre éstas y el fin de las playas de Ipanema, y es uno de los lugares más pintorescos de Rio. Fue en la piedra de la playa del Aropador donde disfrutamos del mejor atardecer del viaje a Brasil.

Atardecer en la Piedra del Arpoador, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Atardecer en la Piedra del Arpoador, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Después nos fuimos a cenar al barrio de Lapa, el barrio «bohemio» de Rio, el de los bares de tapeo, el de los restaurantes de pizzas, terrazas de mojitos y de música carioca, el barrio de los jóvenes. Algunos dicen que es el «Montmartre carioca», comparándolo con el barrio bohemio de París. Aquí se puede apreciar también el Arco de Lapa. Nosotros tomamos unos tragos en un bar frente a este acueducto y después por la calle principal de los bares. Tras observar la variedad en la oferta gastronómica, optamos por pizza casera.

Al día siguiente temprano en la mañana, subimos en dos taxis al cerro del Corcovado atravesando el verde Parque Nacional de Tijuca. Habíamos pensado ir en tren pero creo que esos días había un inconveniente porque a último momento cambiamos de opción y subimos en coche. Una vez arriba del cerro, nos encontramos con el Cristo Redentor, el famoso Cristo de Corcovado de Rio de Janeiro, una estatua de Jesús, de casi 40 metros de alto, declarada una de las siete maravillas del mundo moderno.
Vistas de Rio de Janeiro desde el Cristo de Corcovado, Brasil, 2014

Vistas de Rio de Janeiro desde el Cristo de Corcovado, Brasil, 2014

La verdad es que la estatua en sí no me impresionó mucho pero las vistas desde el Cristo son geniales. El sol encandila un poco pero se puede apreciar la inmensidad de la ciudad de Río y la belleza de sus paisajes.

Cristo de Corcovado, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Cristo de Corcovado, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Por la tarde fuimos al Barrio de Santa Teresa, en busca de la «Escadaria de Santa Teresa» o escalera de Selaron, adornada con cerámicos de colores por el artista chileno Jorge Selarón. Es una obra de arte en la calle y merece la pena visitarla y pasar un rato escuchando la música de guitarreos y tambores que se arma de manera espontánea. Sin embargo, es difícil de encontrar si el taxista no conoce el lugar o si no se tienen mapas con detalles de las calles. Está un poco escondida y si bien la cima de la escalera está en el barrio de Santa Teresa, junto al Convento del mismo nombre, la realidad es que la base de la escalera está en el Barrio de Lapa donde habíamos estado la noche anterior.

Escalera de Selarón, Rio de Janeiro, Brasil 2014

Escalera de Selarón, Rio de Janeiro, Brasil 2014

Teníamos planes de ir a ver un partido en el Maracaná esa noche así que nos fuimos caminando hasta el Arco de Lapa y nos tomamos un bus hacia la zona del estadio de fútbol más grande de Brasil. Al principio no me hacía ilusión ir a ver un partido de fútbol pero cuando la hinchada del Botafogo llenó la tribuna y los jugadores entraron a la cancha me di cuenta de lo que estaba viviendo. En menos de tres meses empezaría el Mundial de Fútbol 2014 y el Maracaná sería uno de los estadios más importantes del evento. Pero no fue eso lo que más me atrajo sino la pasión con la que la hinchada cantaba mientras disfrutaba del fútbol carioca. Fue una noche inolvidable, incluso para mí que no soy futbolera. De alguna manera sentí que estaba viviendo de cerca la cultura brasilera.

Estadio Maracaná, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Estadio Maracaná, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Al tercer día en Rio, subimos en teleférico al Pan de Azúcar, un morro de piedra situado a casi 400 metros sobre el mar. El teleférico de cristal artesonado, llamado «bondinho del Pan de Azúcar» tiene capacidad para 75 pasajeros y sale cada cinco minutos para hacer la ruta entre los morros de Babilonia y Urca, que tiene unos 1400 metros de largo.

Pan de Azúcar, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Pan de Azúcar, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Las vistas desde el Pan de Azúcar son hermosas y la recompensa al viaje es aún más bonita. Desde un cerro intermedio entre la Bahía y el morro más alto se puede apreciar el Pan de azúcar antes de hacer el siguiente tramo. El entorno húmedo y la vegetación selvática te hacen sentir que estás en otro lugar muy diferente a la ciudad que dejas abajo en la ciudad de Rio. Pero esto también es Rio.

Vistas desde el Pan de Azúcar, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Vistas desde el Pan de Azúcar, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Al bajar nos quedamos en la playa roja de la bahía a pasar la tarde y disfrutamos a las mejores vistas del Pan de Azúcar que por momentos desaparecía entre nubes. Aunque el agua estaba algo fría aprovechamos para darnos un baño y jugar con las olas como si fuéramos unos adolescentes. Pasamos una linda tarde.

Playa Vermelha, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Playa Vermelha, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Al cuarto día en Rio fuimos de excursión a Ilha Grande, embarcando en Angra dos Reis en un barco tipo pirata, con muchos turistas con ganas de fiesta. Pasamos por islas preciosas, algunas pequeñas sin habitar, otras medianas con un par de alojamientos o una casa familiar y otras algo más grandes. Todas islas paradisíacas, con playas de arenas blancas y aguas cristalinas. Recorrimos una de esas pequeñas islas, nos bañamos en sus aguas cristalinas y disfrutamos del sol hasta que nos llamaron para subir al barco. Era una isla en la que me hubiera quedado a vivir un tiempo con un cuaderno y una lapicera para escribir y quizás algún libro para leer.
Islas de camino a Ilha Grande, Brasil, 2014

Islas de camino a Ilha Grande, Brasil, 2014

La siguiente parada de nuestro particular barco fue la Laguna azul donde pudimos bucear, y ver hermosos corales y peces de colores. Por un momento deseé que todas las personas desaparecieran y disfrutar de ese paraíso en silencio contemplando la naturaleza en su máximo esplendor. Pero era un tour y ya estábamos en el baile así que bailamos. Volvimos al barco y zarpamos rumbo a nuestra última parada en Ilha Grande: Praia do Japariz.
La playa de Japariz es otro paraíso en la tierra. Desembarcamos para almorzar. Comimos frijoles, ensalada y pescado, con los pies en la arena, muy relajados. Y después nos fuimos a explorar los alrededores de esa playa paradisíaca. Nos encontramos con barcos encallados en la arena, árboles caídos, mosquitos, telarañas gigantes, una casa con aspecto de abandonada, habitantes locales, más mosquitos, y mucha humedad.
Praia do Japariz, Ilha Grande, Brasil, 2014

Praia do Japariz, Ilha Grande, Brasil, 2014

Al regreso hacia Angra dos Reis pasamos por unas islas cercadas, alambradas, y una de ellas tenía un cartel que anunciaba que estaba en venta. Curiosa propiedad a la venta: una pequeña isla paradisíaca. Me pregunto quién será su futuro dueño.
Nuestro último día de vacaciones lo pasamos descansando en la playa de Ipanema, disfrutando de las comodidades del Balneario de Jota, bebiendo mojitos y tés fríos con golosinas típicas de la venta ambulante. Y así dimos por concluido nuestro viaje a Brasil.
Playa de Ipanema, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Playa de Ipanema, Rio de Janeiro, Brasil, 2014