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Relatos de los viajes por Latinoamérica

Viaje por Bolivia: Laguna Colorada, desierto, Árbol de Piedra y más

La excursión de tres días por el suroeste boliviano estaba resultando toda una aventura desde que salimos de Uyuni o incluso antes. Habíamos estado en el corazón del Salar del Uyuni, habíamos pinchado rueda en medio del desierto y habíamos dormido en un Hotel de sal, pero todavía quedaban aventuras por vivir.
Era día de visita al volcán Ollagüe; a las lagunas, la Hedionda, la Verde y la Colorada; y al Árbol de piedra, que no es más que un montón de piedras apiladas naturalmente en forma de árbol pero son muy lindas. Todos los paisajes merecen la pena, pero por sobre todas las cosas, lo que más merece la pena en este lugar tan alejado del mundo conocido, es el camino: andar por el desierto es una experiencia inolvidable.
Vistas del Volcán Ollagüe, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Vistas del Volcán Ollagüe, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Por cierto, la Laguna Colorada se llama así porque los minerales que contiene le dan un tono rojizo a la superficie de sus aguas. Eso sí, en invierno sus aguas están algo congeladas y el color no es tan notable.
Laguna Colorada, Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Laguna Colorada, Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
El entorno de la Laguna Colorada es un lugar para la cría de los flamencos andinos, a los cuales pudimos contemplar de cerca y de lejos, incluso los vimos planear atravesando la laguna de par en par. Es un paisaje impresionante. Se respira mucha paz, sobre todo hasta que llegaron el resto de camionetas 4×4 con sus turistas ruidosos que invadieron la zona de los flamencos molestándolos, a pesar de las advertencias de los guías locales. Algún que otro mochilero se pasó del límite recomendado y se embarró hasta las rodillas. Nosotros nos dedicamos a contemplar el paisaje y a seguir pensando. Tal vez este viaje es un viaje de observar y reflexionar…
@rominitaviajera y David en La Laguna Colorada, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
@rominitaviajera y David en La Laguna Colorada, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
 Por otro lado, la Laguna Hedionda se llama así por su olor apestoso, aclaro por si alguien tenía dudas. El olor asqueroso que se mete en la nariz ni bien descendemos de la 4×4, se debe a una mezcla de minerales entre los que destaca el azufre si mal no recuerdo. El color del agua es hermoso pero el olor es insoportable. Sin embargo, al rato una se acostumbra y puede comer tranquilamente a un costado de la laguna sin problemas.
Laguna Hedionda, Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Laguna Hedionda, Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

En la zona de la Laguna Hedionda, en el medio del desierto boliviano, hay un restaurante para quien no lleve comida como nosotros y también una zona de Wifi que se puede disfrutar previo pago de unos cuántos bolivianos (20 si no me equivoco). Ir al baño cuesta 6 bolivianos, lo cual es más caro que en el resto del Salar del Uyuni (y creo que el precio más caro en toda Bolivia) pero está justificado por estar en medio de la nada. Eso sí, si se te ocurre volver a ir al baño quince minutos después, tienes que volver a pagar o apelar a la mala memoria y la hospitalidad de la señora que limpia.

Hotel y restaurante en Laguna Hedionda, Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Hotel y restaurante en Laguna Hedionda, Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

La última laguna que visitamos en nuestra aventura por el sur de Bolivia, fue la Laguna Verde que también estaba congelada pero no por eso menos preciosa.

Laguna Verde, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Laguna Verde, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Antes de dirigirnos a nuestro segundo alojamiento en aquella aventura por el Salar del Uyuni, pasamos por el Árbol de piedra, que describí anteriormente. Unas rocas erosionadas en medio del desierto boliviano, que forman una especie de árbol.

Árbol de Piedra, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Árbol de Piedra, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

¿Y adivinen qué? Volvimos a pinchar una rueda y lo peor de todo es que ahora no contamos con la rueda de auxilio porque la utilizamos el día anterior. Así que tuvimos que esperar más de una hora a que viniera un amigo del chofer de nuestra camioneta y nos prestara su rueda para poder salir del valle rocoso. Mientras tanto, nosotros aprovechamos a hacernos fotos y a caminar a ritmo lento, pausado, tal como obliga el efecto que provoca el altiplano andino.

Desierto de rocas, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Desierto de rocas, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Hacía algo de frío pero no mucho, gracias al sol que ese día estaba radiante. Mi compañera de viaje Marion y yo nos fuimos a buscar un baño en este valle desolado y curiosamente, señores, había uno. Sí, un baño para mujeres y otro para hombres, muy pequeños, en medio de la arena, en medio del desierto. Y volvimos a sentarnos cerca del Árbol de piedra, a hablar sobre su viaje por Latinoamérica, sus planes más próximos, los países que recorrería, su posible visita a nuestra ciudad y un sin fin de historias que luego cambiarían por completo la vida de nuestra nueva amiga francesa que andaba viajando por ahí.

Antes de que la noche se nos cayera encima, pudimos subirnos a la camioneta, con su nueva rueda colocada, y dirigirnos a toda prisa por el desierto hacia nuestro alojamiento de esa noche…

Nuestro Alojamiento en el Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Nuestro Alojamiento en el Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

¿Quieren saber más sobre las aventuras que vivimos recorriendo el suroeste boliviano en el invierno de 2014? No se pierdan el siguiente artículo en la serie de Mi propio viaje por Latinoamérica.

Aventuras en el Salar del Uyuni, Bolivia

El viaje a Bolivia empezó en Villazón, siguió por Uyuni y toda su extensión de Salar y lagunas, y terminó en La Paz unos días más tarde. Fue corto (4 días) pero intenso. Intenso en muchos sentidos.

Camino al Cementerio de trenes, Desierto de Uyuni, Bolivia, Agosto 2014 | rominitaviajera.com
Camino al Cementerio de trenes, Desierto de Uyuni, Bolivia, Agosto 2014 | rominitaviajera.com
En el anterior artículo “La odisea de llegar a Uyuni” contaba que estábamos por iniciar la excursión de tres días que nos llevaría a visitar el Cementerio de Trenes, recorrer el Salar del Uyuni, dormir en un Hotel de Sal, caminar por la Isla Incahuasi, ver el Volcán Ollagüe, ver la Laguna Colorada, visitar la Laguna Hedionda, sacarnos fotos en el Árbol de piedra, dormir en medio del desierto, ver y “tocar” el vapor de los Géiseres y bañarnos en las Aguas termales del Volcán Licancabur. Y hoy voy a contarles cómo fue parte de esa aventura.
Alrededores de Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Alrededores de Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

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Viaje a Bolivia: la odisea de llegar a Uyuni

Cuando entramos en Bolivia, por Villazón desde La Quiaca, caminando con nuestras mochilas a cuestas, lo hicimos con ilusión y con incertidumbre a la vez: ¿qué nos esperaría en el país vecino a nuestra tierra natal? ¿Cómo sería la gente? ¿La comida? ¿El transporte? ¿Los alojamientos? No teníamos nada reservado, solo llevábamos con nosotros unos cuántos papeles con itinerarios sugeridos por algunas empresas turísticas y unas ganas terribles de conocer el Salar del Uyuni.

En un artículo anterior comentaba cómo fue la sensación de atravesar la frontera de Argentina a Bolivia y cómo esa sensación se mantuvo varios días a lo largo del viaje. Al poco de cruzar, buscamos la estación de buses pero antes teníamos que cambiar los pesos argentinos por pesos bolivianos, tarea poco fácil a esas horas tan tempranas y con una situación económica en Argentina poco favorable a comprar divisas extranjeras. Esperamos un buen rato a que abriera una agencia que nunca abrió, caminamos siguiendo la intuición de un profesor porteño que tenía su familia trabajando en La Paz y hacia allá se dirigía, y así llegamos a una agencia donde nos hicieron un pésimo cambio que nos permitió empezar a movernos por Bolivia.

El profesor nos acompañó en nuestra caminata de diez minutos hacia la estación de buses de Villazón mientras nos contaba que iba a visitar a su hijo que vivía desde hace algunos años en La Paz, después de haber vivido en Inglaterra. Curioso cambio, pensamos David y yo. Nosotros le contamos nuestra historia y nuestro deseo de llegar a Cuzco y subir al Machupichu después de ver el Salar del Uyuni en Bolivia. Entre tanto, compramos los pasajes de bus hacia Uyuni a una de las chicas que los ofrecía a gritos en la puerta de la estación. Estábamos cansados y con frío así que buscamos un remanso al sol y ahí nos volvimos a encontrar con el profesor de Universidad que nos recomendó distintas comidas a probar en La Paz como el Chairo, con chuño que es papa deshidratada.

Casi una hora más tarde, apareció nuestro bus, aquel que nos llevaría hasta Uyuni por tierras desconocidas hasta el momento. Algunos de los pasajeros eran locales pero había un grupo de extranjeros viajeros como nosotros: un vasco, una francesa, un chino y un coreano, que terminarían convirtiéndose en nuestros compañeros de viaje durante los próximos cuatro días.

El viaje en bus desde Villazón a Uyuni fue una tortura para nuestros ojos por el polvo que entraba por todos los agujeros posibles, para la cabeza por el vaivén ocasionado por los pozos y piedras de la ruta desértica y para los oídos por todos los ruidos que hacía ese bus que estoy segura que tenía los amortiguadores un poco viejos. Si se sufre de dolores de espalda tampoco es recomendable esta ruta en bus porque los golpes que recibe la cintura y las cervicales se sienten mucho. A lo mejor yendo por la ruta nacional 14 hasta Potosí se evitan esta situación pero a lo mejor en Potosí hay que cambiar de buses y puede que todo lleve más de 12 horas. Es un tema que tengo que investigar…

Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Al día siguiente, debíamos estar en la agencia con nuestras mochilas, dispuestos a pasar horas en nuestras camionetas 4×4 para visitar el Cementerio de Trenes, recorrer el Salar del Uyuni con sus más de 10 mil Km cuadrados, dormir en un Hotel de Sal, caminar por la Isla del Pescado, ver el Volcán Ollague, visitar la Laguna Hedionda, el Valle de la Luna, el Árbol de piedra, la Laguna Colorada y sus flamencos, dormir en medio del desierto muertos de frío, recibir el calor de los Géiseres y bañarnos en las Aguas termales del Volcán Licancabur, ver la Laguna verde congelada y regresar a Uyuni. Una excursión de cuatro días que contaré en los próximos artículos de “Mi propio viaje por Latinoamérica“.

David y @rominitaviajera en Uyuni centro, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
David y @rominitaviajera en Uyuni centro, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Finalmente, después de casi diez horas llegamos a Uyuni, el pueblo que sería nuestro punto de partida para el viaje de cuatro días que estábamos por hacer. Con nuestros nuevos amigos de distintas partes del mundo, buscamos un hostel barato, pero con agua caliente y wifi para contactar a nuestras familias. Dejamos nuestras cosas en los cuartos, y nos fuimos a recorrer el pueblo, en busca de una agencia que nos llevara al día siguiente y durante 4 días a recorrer el Salar del Uyuni en 4×4. Contratamos una agencia recomendada por japoneses (ellos siempre eligen lo mejor) y nos fuimos a cenar a una taberna local donde probamos unas sopas típicas para entrar en calor. Y así nos preparamos para lo que nos esperaba…

Mapa Satelital del Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Mapa Satelital de @Google del Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Viaje a Bolivia: cruzando la frontera de la Quiaca a Villazón

Siempre quise recorrer Latinoamérica y cuando pensaba en hacerlo los dos países que se me venían a la mente eran Bolivia y Perú. Por qué asociaba un viaje por Latinoamérica con estos países y no con otros es un misterio. Quizás porque nací en Argentina y los tenía muy a mano. La cuestión es que pospuse una y mil veces, con distintas excusas, este viaje. Sin embargo, mi estancia en Argentina durante el año 2014 hizo posible que este viaje se hiciera realidad.

Banderas de Latinoamérica y del mundo, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Banderas de Latinoamérica y del mundo, Salar del Uyuni, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

Algunas veces me imaginaba viajando  por Latinoamérica durante un mes o dos, otras veces durante una semana y otras durante un año, trabajando y viajando al mismo tiempo. La verdad es que no tenemos consciencia de las dimensiones de un lugar hasta que lo recorremos por tierra.  Así que la idea siempre había sido hacer el trayecto en bus o a dedo. Y eso hicimos: recorrimos el país en colectivos y 4×4. Seguir leyendo Viaje a Bolivia: cruzando la frontera de la Quiaca a Villazón

Viaje a Brasil Parte II: Rio de Janeiro e Ilha Grande

El viaje a Brasil empezó con una noche en Sao Paulo, un par de días en Salvador de Bahía y otros dos en Morro de Sao Paulo, historia que cuento en el anterior post. Esta es una continuación de ese artículo: de Salvador de Bahía volamos a Rio, la “ciudad maravillosa”.

@rominitaviajera en Playa Vermelha, Rio de Janeiro, Brasil, 2014
@rominitaviajera en Playa Vermelha, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

En Rio de Janeiro fuimos ocho: el grupo de Salvador y Morro más mi primo del alma que llegó el mismo día que nosotros a la ciudad, directo desde Buenos Aires. Siguiendo las recomendaciones de nuestra amiga brasilera, habíamos reservado un apartamento en el barrio de Ipanema. Estábamos a dos cuadras de la playa, tanto de Ipanema como de Copacabana. No teníamos vistas maravillosas porque no estábamos en la parte alta de la ciudad pero la verdad es que no nos hicieron falta porque no pasamos mucho tiempo en nuestro alojamiento. Nos dedicamos a recorrer la zona, a visitar el Pan de Azúcar, el Cristo, los barrios del centro y las playas emblemáticas de la ciudad.

Playa de Ipanema, Rio de Janeiro
Playa de Ipanema, Rio de Janeiro | rominitaviajera.com

Tras acomodarnos en el apartamento de Marcelo, un brasilero muy simpático que nos recomendó lugares donde comer y tomar algo, nos fuimos a inspeccionar el barrio y a descubrir por qué las playas de Ipanema son tan famosas. Paseamos un rato por la orilla mojando los pies en el mar carioca, admirando el paisaje a un lado y al otro. Y así fue como llegamos a la “Pedra do Arpoador”, que si bien no permite el acceso a las playas de Copacabana, está justo entre éstas y el fin de las playas de Ipanema, y es uno de los lugares más pintorescos de Rio. Fue en la piedra de la playa del Aropador donde disfrutamos del mejor atardecer del viaje a Brasil.

Atardecer en la Piedra del Arpoador, Rio de Janeiro, Brasil, 2014
Atardecer en la Piedra del Arpoador, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Después nos fuimos a cenar al barrio de Lapa, el barrio “bohemio” de Rio, el de los bares de tapeo, el de los restaurantes de pizzas, terrazas de mojitos y de música carioca, el barrio de los jóvenes. Algunos dicen que es el “Montmartre carioca”, comparándolo con el barrio bohemio de París. Aquí se puede apreciar también el Arco de Lapa. Nosotros tomamos unos tragos en un bar frente a este acueducto y después por la calle principal de los bares. Tras observar la variedad en la oferta gastronómica, optamos por pizza casera.

Al día siguiente temprano en la mañana, subimos en dos taxis al cerro del Corcovado atravesando el verde Parque Nacional de Tijuca. Habíamos pensado ir en tren pero creo que esos días había un inconveniente porque a último momento cambiamos de opción y subimos en coche. Una vez arriba del cerro, nos encontramos con el Cristo Redentor, el famoso Cristo de Corcovado de Rio de Janeiro, una estatua de Jesús, de casi 40 metros de alto, declarada una de las siete maravillas del mundo moderno.
Vistas de Rio de Janeiro desde el Cristo de Corcovado, Brasil, 2014
Vistas de Rio de Janeiro desde el Cristo de Corcovado, Brasil, 2014

La verdad es que la estatua en sí no me impresionó mucho pero las vistas desde el Cristo son geniales. El sol encandila un poco pero se puede apreciar la inmensidad de la ciudad de Río y la belleza de sus paisajes.

Cristo de Corcovado, Rio de Janeiro, Brasil, 2014
Cristo de Corcovado, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Por la tarde fuimos al Barrio de Santa Teresa, en busca de la “Escadaria de Santa Teresa” o escalera de Selaron, adornada con cerámicos de colores por el artista chileno Jorge Selarón. Es una obra de arte en la calle y merece la pena visitarla y pasar un rato escuchando la música de guitarreos y tambores que se arma de manera espontánea. Sin embargo, es difícil de encontrar si el taxista no conoce el lugar o si no se tienen mapas con detalles de las calles. Está un poco escondida y si bien la cima de la escalera está en el barrio de Santa Teresa, junto al Convento del mismo nombre, la realidad es que la base de la escalera está en el Barrio de Lapa donde habíamos estado la noche anterior.

Escalera de Selarón, Rio de Janeiro, Brasil 2014
Escalera de Selarón, Rio de Janeiro, Brasil 2014

Teníamos planes de ir a ver un partido en el Maracaná esa noche así que nos fuimos caminando hasta el Arco de Lapa y nos tomamos un bus hacia la zona del estadio de fútbol más grande de Brasil. Al principio no me hacía ilusión ir a ver un partido de fútbol pero cuando la hinchada del Botafogo llenó la tribuna y los jugadores entraron a la cancha me di cuenta de lo que estaba viviendo. En menos de tres meses empezaría el Mundial de Fútbol 2014 y el Maracaná sería uno de los estadios más importantes del evento. Pero no fue eso lo que más me atrajo sino la pasión con la que la hinchada cantaba mientras disfrutaba del fútbol carioca. Fue una noche inolvidable, incluso para mí que no soy futbolera. De alguna manera sentí que estaba viviendo de cerca la cultura brasilera.

Estadio Maracaná, Rio de Janeiro, Brasil, 2014
Estadio Maracaná, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Al tercer día en Rio, subimos en teleférico al Pan de Azúcar, un morro de piedra situado a casi 400 metros sobre el mar. El teleférico de cristal artesonado, llamado “bondinho del Pan de Azúcar” tiene capacidad para 75 pasajeros y sale cada cinco minutos para hacer la ruta entre los morros de Babilonia y Urca, que tiene unos 1400 metros de largo.

Pan de Azúcar, Rio de Janeiro, Brasil, 2014
Pan de Azúcar, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Las vistas desde el Pan de Azúcar son hermosas y la recompensa al viaje es aún más bonita. Desde un cerro intermedio entre la Bahía y el morro más alto se puede apreciar el Pan de azúcar antes de hacer el siguiente tramo. El entorno húmedo y la vegetación selvática te hacen sentir que estás en otro lugar muy diferente a la ciudad que dejas abajo en la ciudad de Rio. Pero esto también es Rio.

Vistas desde el Pan de Azúcar, Rio de Janeiro, Brasil, 2014
Vistas desde el Pan de Azúcar, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Al bajar nos quedamos en la playa roja de la bahía a pasar la tarde y disfrutamos a las mejores vistas del Pan de Azúcar que por momentos desaparecía entre nubes. Aunque el agua estaba algo fría aprovechamos para darnos un baño y jugar con las olas como si fuéramos unos adolescentes. Pasamos una linda tarde.

Playa Vermelha, Rio de Janeiro, Brasil, 2014
Playa Vermelha, Rio de Janeiro, Brasil, 2014
Al cuarto día en Rio fuimos de excursión a Ilha Grande, embarcando en Angra dos Reis en un barco tipo pirata, con muchos turistas con ganas de fiesta. Pasamos por islas preciosas, algunas pequeñas sin habitar, otras medianas con un par de alojamientos o una casa familiar y otras algo más grandes. Todas islas paradisíacas, con playas de arenas blancas y aguas cristalinas. Recorrimos una de esas pequeñas islas, nos bañamos en sus aguas cristalinas y disfrutamos del sol hasta que nos llamaron para subir al barco. Era una isla en la que me hubiera quedado a vivir un tiempo con un cuaderno y una lapicera para escribir y quizás algún libro para leer.
Islas de camino a Ilha Grande, Brasil, 2014
Islas de camino a Ilha Grande, Brasil, 2014
La siguiente parada de nuestro particular barco fue la Laguna azul donde pudimos bucear, y ver hermosos corales y peces de colores. Por un momento deseé que todas las personas desaparecieran y disfrutar de ese paraíso en silencio contemplando la naturaleza en su máximo esplendor. Pero era un tour y ya estábamos en el baile así que bailamos. Volvimos al barco y zarpamos rumbo a nuestra última parada en Ilha Grande: Praia do Japariz.
La playa de Japariz es otro paraíso en la tierra. Desembarcamos para almorzar. Comimos frijoles, ensalada y pescado, con los pies en la arena, muy relajados. Y después nos fuimos a explorar los alrededores de esa playa paradisíaca. Nos encontramos con barcos encallados en la arena, árboles caídos, mosquitos, telarañas gigantes, una casa con aspecto de abandonada, habitantes locales, más mosquitos, y mucha humedad.
Praia do Japariz, Ilha Grande, Brasil, 2014
Praia do Japariz, Ilha Grande, Brasil, 2014
Al regreso hacia Angra dos Reis pasamos por unas islas cercadas, alambradas, y una de ellas tenía un cartel que anunciaba que estaba en venta. Curiosa propiedad a la venta: una pequeña isla paradisíaca. Me pregunto quién será su futuro dueño.
Nuestro último día de vacaciones lo pasamos descansando en la playa de Ipanema, disfrutando de las comodidades del Balneario de Jota, bebiendo mojitos y tés fríos con golosinas típicas de la venta ambulante. Y así dimos por concluido nuestro viaje a Brasil.
Playa de Ipanema, Rio de Janeiro, Brasil, 2014
Playa de Ipanema, Rio de Janeiro, Brasil, 2014

Viaje a Brasil: Salvador de Bahía, Morro de Sao Paulo y más

Cuando decidí dejar mi vida en España para venir a la Argentina, uno de los principales objetivos era el de viajar por Latinoamérica, especialmente por Bolivia y Perú. Sin embargo, no sabía bien cómo se irían dando las cosas, tampoco estaba segura cuánto tiempo seguiría trabajando para la empresa de España y si sería viable vivir viajando y trabajando al mismo tiempo. Un viaje a Brasil era algo que pensábamos hacer pero no teníamos claro. Todos eran sueños en el aire. Y ahora que el año va llegando a su fin, puedo decir que fueron sueños cumplidos.

El verano argentino llegaba a su fin y por alguna razón climática que no recuerdo, mi cómplice en esta vida y yo decidimos dejar el viaje a Perú para más adelante. Entonces planeamos un viaje en coche a Santiago de Chile, pasando por Pehuajó (sí, por mi manía de conocer el pueblo que da origen a la canción), paseando por Mendoza y cruzando Los Andes. Durante el fin de semana viajaríamos, llegaríamos a Mendoza donde trabajaríamos una semana y luego viajaríamos a Santiago de Chile donde también trabajaríamos otra semana, conociendo el lugar por las tardes, para finalmente tomar una semana de vacaciones en el trabajo y conocer los alrededores de Santiago. Pero nunca llegamos a hacer este viaje. Otro viaje nos tentaría…

Cuando a una le gusta viajar, suele terminar rodeándose de amigos viajeros sin querer y eso es lo que me ha pasado a mí toda la vida. Quizás por eso tengo amigos desparramados por el mundo, viviendo “de paso” en distintos países y empapándose de su mundo y de sus gentes como pueden. El caso es que unos de nuestros amigos viajeros nos escribieron un mes antes de que empezara nuestro viaje a Chile diciéndonos que estaban planeando un viaje a Brasil y tentándonos a ir. Yo nunca había estado en Brasil a pesar de que soñaba despierta con pasearme por sus playas paradisíacas y bailar una samba en la playa bebiendo agua de coco o un daikiri de durazno. Pero David, mi novio entonces y actualmente mi marido, sí había estado (concretamente en Camboriú) y se había enamorado de Brasil hasta los huesos. Así que éramos presa fácil de pescar. Nos convencimos de ir en cuanto googleamos uno de los nombres que mencionaban en el grupo de whatsapp Brasil 2014: Morro de Sao Paulo, una isla del Archipiélago de Cairu.

Así fue como de repente Brasil estaba en nuestros planes a corto plazo. En menos de una semana compramos los pasajes de avión a Sao Paulo donde nos reuniríamos con la mayoría del equipo de Brasil 2014 formado casi de manera espontánea. De ahí viajaríamos a Salvador de Bahía para tener cerca Morro de Sao Paulo. Y luego de tres días, nos iríamos a Rio de Janeiro por cinco o seis días. Desde allí, algunos partían de regreso a Buenos Aires, otros a Sao Paulo donde estaban trabajando, una a Inglaterra, otra a Holanda y nosotros dos nos íbamos a España a trabajar un mes, que resultó en tres pero esa es otra historia.

@rominitaviajera y David en Pelouriño, Salvador de Bahía, Brasil, 2014 | rominitaviajera.com
@rominitaviajera y David en Pelouriño, Salvador de Bahía, Brasil, 2014 | rominitaviajera.com

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Posadas, las Cataratas del Iguazú y San Ignacio del Miní

Como comenté en anteriores post, en 2014 comencé lo que me dio por llamar “Mi propio viaje por Latinoamérica“. Posadas, capital de la provincia argentina de Misiones, se convirtió de la noche a la mañana en uno de los destinos de este peculiar viaje.

Dejamos Corrientes por la tarde y llegamos a Posadas bien entrada la noche. La ruta nos había dado pistas de lo que allí veríamos: tierra colorada, palmeras, casitas bajas, algunas de adobe, y gente cálida y tranquila. Fuimos a casa de un amigo y cenamos unas empanadas. Todavía tendríamos dos días de vacaciones antes de ponernos a trabajar.

Ruta bañada de tierra colorada de Posadas, Misiones, Argentina.

Al día siguiente, emprendimos viaje hacia Puerto Iguazú. Ambos habíamos estado ya en la zona pero queríamos volver a ver las Cataratas del Iguazú. Estábamos a casi cuatro horas de camino en coche así que llegamos al Parque Iguazú sobre el mediodía. Tuvimos algún inconveniente para acceder porque no aceptaban el pago de la entrada con tarjeta y llevábamos escaso dinero en efectivo pero dentro del Parque hay curiosamente servicio de cajero automático.

Al entrar al Parque, optamos por ir hacia nuestro objetivo principal de ese día que era “La Garganta del Diablo“, un conjunto de cascadas que tiene 80 mts. de altura. Años anteriores ambos habíamos hecho el circuito chico y el circuito largo y también la aventura de la lancha que te lleva debajo de las aguas de las cataratas. Las nubes nos perseguían y temíamos que lloviera porque no íbamos preparados para mojarnos y porque en una ocasión anterior la lluvia había bloqueado algún que otro puente. Pero pudimos disfrutar de una hora del sol antes de que la tormenta nos sorprendiera de camino al puente que llega a la Garganta del Diablo.

Vista desde el puente a Garganta del Diablo, Parque Iguazú, Misiones, Argentina.

Nos empapamos. El agua nos nublaba la vista. Era casi imposible seguir avanzando por el puente pero habíamos hecho muchos kilómetros para ver La Garganta del Diablo y no nos íbamos a echar atrás. Después de varios puentes, llegamos por fin a nuestro destino, mojados pero felices, y la blancura de las aguas de la catarata más grande del parque nos invadió. Es realmente hermosa y la sensación de estar rodeado de tanta agua cayendo con semejante fuerza que te ensordece es increíble.

Garganta del Diablo, Cataratas del Iguazú, Misiones, Argentina, 2014

Al regresar a la estación de Garganta del Diablo decidimos hacer la cola para tomar el tren ya que volver caminando se complicaba sin calzado adecuado para el barro. El paisaje selvático es hermoso pero la lluvia complica la excursión por los distintos caminos del Parque Natural de Iguazú. Así que ese día no pudimos recorrer mucho más. Volvimos a la estación principal y emprendimos el regreso a Posadas en coche. Teníamos por delante más de cuatro horas de lluvias y barro en la ruta.

Al día siguiente, volvimos a la carretera. Esta vez para conocer las ruinas de San Ignacio, a 60 km de Posadas. No están muy promocionadas así que nuestras expectativas no eran muy altas pero nos llevamos una linda sorpresa al descubrir que tenemos en la Argentina una de las reducciones jesuíticas mejor conservadas de Latinoamérica.

Ruinas de San Ignacio del Miní, Misiones, Argentina, 2014

Las ruinas de San Ignacio Miní fueron fundadas en el siglo XVII para evangelizar a los nativos de la zona, los guaraníes. Tiene una distribución típica de un pueblo: la Iglesia, la casa principal, el cementerio, el cabildo. Sin embargo, impresiona su altura, sus detalles bien conservados y su color rojizo como la tierra que la rodea. Nos llamó la atención que el cementerio siguió utilizándose hasta los años 70′ del siglo pasado por lo que es una mezcla de tumbas antiguas de diferentes épocas y estilos.

El fin de semana largo había terminado y tuvimos que volver al trabajo, a la pantalla, a las teclas, los números, los informes y demás. Y así continuamos el resto de la semana pero al terminar nuestra jornada laboral aprovechábamos a pasear. Posadas tiene una costanera muy pintoresca y una playa extensa donde pudimos tomar sol, caminar, tomar unos mates y disfrutar de las fresquitas aguas del río Paraná sin alejarte de la orilla. ¿Alguna vez se bañaron en un río? Este estaba muy limpio y fresquito.

Costanera y Playa de Posadas, Misiones, Argentina, 2014

La costanera de Posadas fue todo un descubrimiento para mi y fue protagonista de nuestro broche de oro a un viaje inolvidable a la provincia de Misiones.

Atardecer en el Río Paraná, Costanera Posadas, Misiones (Argentina)

Corrientes en 24 horas

Si me hubieran preguntado antes si se podía conocer Corrientes en 24 horas supongo que habría dicho que no pero después de haber disfrutado de un día maravilloso con una familia correntina encantadora podría afirmar lo contrario. No sé si conocimos literalmente Corrientes pero se puede decir que disfrutamos de gran parte de sus encantos: el Carnaval veraniego, un asado familiar auténticamente correntino, un paseo por pueblos cercanos, visita a un antiguo ferrocarril, y paseo por la Costanera. ¿Qué más se puede pedir?

Sin darme cuenta hacía ya un par de meses que mi propio viaje por Latinoamérica había empezado. Quizás no era consciente de ello. Hacía un mes y pico que no salíamos de la ciudad y yo tenía muchas ganas de viajar. A veces creo que es enfermizo, porque no puedo controlar las ganas de viajar y me entra mucha ansiedad. La cuestión es que a mi compañero de aventuras en esta vida se le ocurrió que podíamos viajar a Posadas a visitar a un amigo suyo que hacía tiempo tenía ganas de ver. Así matábamos dos pájaros de un tiro. Y entonces pensamos en pasar por Gualeguaychú de camino para conocer uno de los Carnavales más famosos del país, pero la ocupación hotelera estaba casi al 100% y las entradas estaban agotadas para todas las fechas porque era el último fin de semana del Carnaval en Argentina. Así que pensamos en Corrientes.
En realidad hacía tiempo que queríamos ir a Corrientes, a conocer a la familia de mi cuñado que siempre nos está diciendo que vayamos. Así que nos decidimos en menos de una semana y preparamos las valijas, el auto y el mate para el camino. Al mejor estilo argentino, como solían viajar mis bisabuelos, agarramos la ruta de Mar del Plata a Buenos Aires con la ilusión de unos adolescentes. Pasamos la noche en Buenos Aires, en casa de mis tíos que siempre me miman cuando ando de pasada por la Capital. Y el sábado a la mañana bien temprano emprendimos viaje hacia Corrientes. Lo que no sabíamos es que tardaríamos más de diez horas en llegar por la caravana de coches en la ruta. La próxima vez que se me ocurra viajar en auto para el feriado puente de Carnavales que alguien me detenga por favor.

Camino a Corrientes, Marzo 2014
Llegamos a Corrientes tardísimo, sobre las once de la noche, con hambre y ganas de ir a los Carnavales que mi cuñado había hecho famosísimos. Gracias a la predisposición y a los buenos contactos de su hermano, pudimos conseguir una plaza en las plateas del Corsódromo que estaba llenísimo de gente. Y la verdad es que fue increíble. Nunca había vivido un Carnaval tan alegre, donde todo el público canta, baila y aplaude. Se respiraba alegría pura; los trajes llenaban la pasarela de color; y sus bailarines, de una energía especial. Disfrutamos tanto como si fueramos parte de la familia correntina desde siempre. Fue un momento inolvidable. Descubrimos porqué Corrientes es “La Capital Nacional del Carnaval”.
Al día siguiente, desayunamos al aire libre en el parque de la casa donde nos alojamos, y más tarde llegaron familiares de mi cuñado y comimos un rico asado argentino. Pasamos un momento muy agradable en familia para irnos después a visitar una localidad cercana. 
El pueblo que visitamos se llama Santa Ana y conserva dos locomotoras y varios vagones junto a un anden, resguardados bajo un techo de chapa. Por lo que pude saber después gracias a la página Alepolvorines, esos trenes no pertenecían al famoso Tren Económico de Corrientes sino que fueron traídos desde otra población.
Al regreso a Corrientes Capital dimos un paseo por la Costanera nueva y la vieja. Si bien Corrientes no tiene acceso al mar, ésta playa no tenía nada que envidiarle a otras de la costa atlántica.

La Costanera, Corrientes Capital, Marzo 2014

Ésta historia y otras tantas son parte de Mi propio viaje por Latinoamérica.

Escapada a Miramar

Cuando una regresa a su ciudad natal después de tantos años de vivir en el extranjero, todo le da nostalgia y dan muchas ganas de recorrer lugares que en el recuerdo son mágicos. Entre esos lugares en mi mente estaba Miramar, una ciudad de la costa atlántica argentina que tiene su encanto no solo para mí sino para muchos turistas que la eligen cada año para pasar sus vacaciones.

Como es una ciudad que tenemos cerca, a menos de una hora de Mar del Plata en micro o en auto, podemos ir y venir en el día. La ruta de la costa es hermosa porque vas pasando por las famosas playas del sur de Mar del Plata, por los Acantilados, los barrios más tranquilos, el Complejo Chapadmalal y sus hoteles, campo y otra vez playa. Ahora ya se trata de las playas de Miramar con sus balnearios y sus campings. Y ya se va observando otro ambiente, más relajado quizá.

Arco Gral. San Martín, Miramar, enero 2014

A pesar de que las playas de Miramar son tranquilas, las de la entrada estaban llenas de gente, así que tras atravesar el Arco San Martín y entrar a la ciudad oficialmente, buscamos una playa tranquila, una sin balneario. ¡Y la encontramos! Tras bajar unas escaleras llegamos a una playa de arena gruesa con caracoles rotos y piedras chiquitas. ¡Un entretenimiento para mi sobrina!

Y así fue como terminamos con los bolsillos llenos de piedritas en forma de corazón o caracoles pegados el uno al otro. Todo muy romántico y muy tierno, sobre todo visto desde los ojos de una niña dulce como es mi sobrina. El agua estaba muy fría y había muchas rocas pero para chapotear en la orilla y jugar entre las rocas estaba genial. ¡Qué lindo es sentirse una niña otra vez! ¡Qué felicidad!
Pero Miramar no es solo playas, así que después de tomarnos unos mates nos fuimos a caminar por el centro, a pasear por la peatonal comercial, tomarnos un helado en una esquina, y visitar la plaza principal para seguir jugando. Hacía años que no me hamacaba o no montaba en el sube y baja en Miramar y fue muy lindo rememorarlo y poder compartirlo con mi sobrina. 
La verdad es que la ciudad tiene muchos encantos, como el Bosque energético que conocí de pequeña, en el que descubrí cómo dejar un palito de pie, donde sentí por primera vez la energía especial de Miramar al tocar con los dedos del pie los palitos del suelo mientras cerraba los ojos, y donde sentí algo especial que vuelve a mí cada vez que lo rememoro. Es una sensación que pocas veces volví a sentir en un lugar así. Lamentablemente, en esta escapada no llegamos a ir así que me lo debo para la próxima visita a la ciudad.
Lo que sí descubrimos es una nueva pieza de arte que no estaba ahí la última vez que había visitado la ciudad: el Árbol tallado Madre Naturaleza. Se trata de una hermosa escultura tallada en madera sobre la base de un árbol ancestral de la Plaza Islas Malvinas.
Árbol tallado Madre Naturaleza, Miramar, enero 2014

Detalles como el Árbol tallado hacen de Miramar una ciudad hermosa, que respeta la cultura y la naturaleza al mismo tiempo, una ciudad en armonía. Tal vez esa armonía es lo que me encanta de Miramar.

Ojalá en este pequeño artículo les haya podido transmitir parte de lo que me transmite esta bella ciudad. En las próximas publicaciones seguiré contando las pequeñas y grandes escapadas que fueron formando parte de Mi Propio Viaje por Latinoamérica. ¡Que las disfruten!

Cuatro días en Villa Gesell y más

A las pocas semanas de llegar a Mar del Plata, en pleno verano argentino, nos asomamos a la costa atlántica: Villa Gesell, San Bernardo, Pinamar, Cariló, Mar azul. Fueron cuatro días estupendos, de tranquilidad, de campamento, playa, arena y mar. Y así comenzó mi propio viaje por Latinoamérica.

Viaje a Villa Gesell, Argentina, enero 2014

Cuando llegué a Argentina para celebrar el año nuevo no tenía un plan de viaje definido. A decir verdad, tenía una idea de lo que quería hacer, viajar y conocer mi país y los de alrededor sin dejar de trabajar pero tenía distintas ideas en mente y como era de esperar todo se fue dando de otra manera. Esto me suele pasar a menudo: yo planifico mientras la vida me va mostrando otros caminos.

El viaje por la costa atlántica no estaba en mis planes, o tal vez sí, ya no lo recuerdo. El tema es que necesitaba unos días de relax, desenchufar, dejar el celular en casa y dedicarme a sentir el viento, los pajaritos cantar y las olas del mar. Eso fue lo que tuvimos (mi novio y yo): unos días de paz y de aire puro acampando en Villa Gesell. Visitamos las ciudades y playas cercanas pero regresando siempre a cenar a Gesell donde dormíamos.

No nos tocaron días de mucho calor sino más bien lo contrario. Así que el primer día pudimos ir caminando desde el camping Afrika donde teníamos armada nuestra carpa hasta la playa de Gesell. Habíamos elegido un camping tranquilo, sin recitales por la noche, sin pileta ni juegos, simplemente un espacio donde estar en silencio, leyendo un libro, escuchando el sonido de la naturaleza, observando el fuego al calentar la pava para los mates o un té por la mañana. Y lo conseguimos.

Fueron días de mucho viento, algo normal por estos pagos, y en las playas de Gesell no había un alma. Los cuatro gatos que fuimos ese día de semana a la playa teníamos las inmensas arenas de Villa Gesell para nosotros solos pero todos estábamos igual: buscando un médano donde refugiarnos del viento que soplaba y hacía picar la arena muy fuerte. Aprovechamos para descansar, tomar unos mates y jugar a las cartas. ¿Por qué solo juego a las cartas cuando voy a la playa? ¿Les pasa lo mismo? De chica, jugaba por las tardes en casa de mi abuela pero con el tiempo se quedó relegado a un juego de playa.

Cuatro días en Gesell se convertían en un viaje muy corto y tranquilo si no nos acercábamos a San Bernardo, ciudad que hace rato quería conocer y de la que tanto hablaban últimamente mis amigas de Mar del Plata y algún taxista de Capital. Así que al segundo día de estar en Gesell nos fuimos para allá a pasar el día, a conocer sus playas y jugar un rato a la paleta en la arena dura de la orilla. El mar tenía unas olas hermosas y el sol nos estaba abrasando así que no dudamos en meternos al agua que estaba bien fría, como es normal en el Atlántico. Nos divertimos tanto saltando las olas como dos adolescentes. Ya no recordaba lo que era saltar las olas de semejante manera. ¡Qué hermoso cuando uno se siente así de feliz con algo tan insignificante! Es genial.

Por la noche, fuimos a caminar por el Paseo de las Artesanías de Gesell. Esos paseos son parecidos en todas las ciudades de la Costa Atlántica pero me encanta ver los trabajos artesanales, los colores de los tejidos a croché y descubrir alguna idea nueva para tejer o para armar. Además, caminando es como se descubren las ciudades, su gente y fue caminando por Gesell también como descubrimos varios artistas callejeros que nos hicieron pasar un lindo rato, riendo o sorprendiéndonos con malabares y magia. Me recordó a la primera y única vez que estuve en Villa Gesell cuando tenía nueve años y fuimos con la familia a festejar que “llegaban los reyes magos”. Desde entonces, muchas cosas cambiaron en Gesell y en mi vida pero había algo en aquel paseo que me hacía pensar que la esencia de esta hermosa ciudad costera estaba en pie.

Otro de los días fuimos a recorrer Cariló, a dar una vuelta, respirar aire puro, admirar chaléts impresionantes y cabañas de madera entrañables, charlar un rato, comer dulces, tocar los árboles. Nunca había estado en Cariló y me sorprendió que fuera tan grande y su centro (unas cuantas casonas de madera convertidos en locales comerciales de precios elevados) fuera tan concurrido. Por los coches estacionados alrededor del nuestro, por las casonas y por los precios de todo pudimos notar que es la localidad con más lujo de la zona. Los precios fuero los que nos hicieron desistir de la idea de merendar en Cariló y volver a Gesell, a nuestro ya adorado camping.

Cuatro días en Villa Gesell se pasan rápido pero aún nos quedaba algún lugar por conocer. Otro destino fue Mar de las Pampas, donde el paisaje boscoso se parecía a lo que vimos en Cariló así que decidimos ir directo a la playa pero nos confundimos y terminamos en Mar Azul. Ahí nos encontramos con lindas playas abiertas al pie de unos chalets de lujo. Pero también había pequeños médanos de arena fina que daban la sensación de playa salvaje a pesar de tener cerca la urbanización. Muy distinta sensación de la que se siente en las playas de San Bernardo o Pinamar, playas mucho más turísticas, mucho más comerciales.

Nuestro último destino de este rincón de la Costa Atlántica fue Pinamar. La verdad es que no es un lugar que me haya trasmitido mucho: demasiada gente en la playa, demasiada gente en todos lados. Paseamos un poco, nos tomamos un helado y nos fuimos. La paz que buscábamos no estaba ahí y sí en Gesell así que volvimos al camping, al descanso de un atardecer con sabor a sal mezclado con el aroma de la corteza quemándose en un fuego improvisado que anticipaba la cena de la última noche.

Con nuestro regreso a Mar del Plata dimos por finalizados nuestros cuatro días de escape, de paz y de descanso. Nos esperaban más viajes y más aventuras en este 2014.

Calles de arena en las localidades de la Costa Atlántica, enero 2014