Viaje a Bolivia: Lago Titicaca, Copacabana y La Isla del Sol

Para ir a la Isla del Sol teníamos que ir antes a Copacabana y estábamos en La Paz, ya de regreso de nuestro viaje a Cuzco y Machupichu. Un bus nos pasó a buscar por una de las calles céntricas de La Paz. Subimos a la parte alta de la ciudad, vimos la zona del inicio del Teleférico, hicimos unas paradas en los barrios de la montaña para recoger gente y seguimos camino.
La Isla del Sol, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Lago Titicaca, Copacabana, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Bordeamos el famoso Lago Titicaca, hermoso en su inmensidad, y seguimos camino hacia el Estrecho de Tiquina, donde tendríamos que bajar del bus para cruzar al otro lado. Fue curioso ver cómo el bus se iba en una embarcación y nosotros en otra. Nunca había visto un barco o lo que fuere llevar un bus encima para cruzar un estrecho. Nosotros cruzamos en lancha. Al llegar al otro extremo, nos pidieron los pasaportes. Seguíamos en Bolivia pero por alguna razón temen que vengas en lancha desde Perú sin papeles.
Después de cruzar el estrecho aún nos quedaba un rato largo subiendo por rutas que hacían zigzag. Llegamos a Copacabana después de tres horas y media. Ahí nos esperaba un guía local para mostrarnos la ciudad y acompañarnos hasta el lugar donde comeríamos y darnos los tickets de la embarcación que cruzaría el Lago Titicaca hasta la Isla del Sol.
Calle comercial, Copacabana, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com
Calle comercial, Copacabana, Bolivia, 2014 | rominitaviajera.com

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Machupichu: la felicidad de alcanzar un sueño

Este artículo es parte de una serie de relatos que forman parte de Mi propio viaje por Latinoamérica.
Cuando era chica soñaba con aprender algún día el idioma quechua y conocer tierras incaicas. Y entre esos sueños me imaginaba un día paseando por Machupichu y admirando sus construcciones para comprender al Gran Imperio y su gente. Y ese pedacito de sueño un día se hizo realidad.
Cuando una sueña tanto con algo, lo imagina, lo planea, lo siente, pero nada se parece al momento en que una se da cuenta que ha alcanzado ese sueño, que se ha hecho realidad. Y es en ese momento cuando las lágrimas afloran solas sin más, sin preámbulos, sin aviso, salen y ruedan hasta el suelo envolviendo de magia ese instante. Eso me pasó al llegar a Machupichu.
Llegamos a Machupichu después de subir los 2500 escalones que van desde Aguas Calientes a las ruinas. Llegamos cansados, extenuados, fusilados, pero felices.
Pero mejor empecemos por el principio, por la salida de Cuzco el día anterior:
Después de pasar la noche el La Posada del Viajero, Felicitas nos vino a buscar para ir juntos hasta La Plaza de Armas desde donde partía nuestro minibús hacia la Hidroeléctrica, lugar donde tenía inicio nuestra caminata de algo más de dos horas para llegar al pueblo de Aguas Calientes, antes de que caiga la noche.
El camino hasta la Hidroeléctrica es muy bonito; pasa por Ollantaytambo, un poblado incaico a 90 km de Cuzco que tiene mucho encanto; y por Santa Teresa, donde las agencias paran para comer algo más de media hora. El viaje se hace un poco largo porque estar dentro de una mini van tantas horas hace que se te entumezca todo pero creo que es la mejor opción si no has tenido la oportunidad de hacer el Camino del Inca.
Artesanías en Ollantaytambo, de Cuzco a la Hidroeléctrica, Perú, 2014
Cuando llegamos a la Hidroeléctrica ya habíamos hecho amigos: una pareja de chilenos más jóvenes que estaban de vacaciones como nosotros. Iniciamos la caminata con toda la ilusión del mundo, subimos por en medio del paisaje húmedo y selvático, caminamos junto al río, sobre las rocas o junto a las vías del tren que no pasaría hasta última hora de la tarde.
Camino de la Hidroeléctrica hacia Aguas Calientes, Machupichu, Perú, 2014
Camino de la Hidroeléctrica a Machupichu, Perú, 2014
Camino de Hidroeléctrica a Aguas Calientes, Machupichu, Perú, 2014
Llegamos a Aguas Calientes con nuestras últimas energías, con mucha hambre y con ganas de una buena ducha. Sin embargo, tuvimos que esperar más de una hora para que nuestro guía apareciera.
El guía nos acompañó a comprar las entradas para entrar a Machupichu a la mañana siguiente. 
Como ya las teníamos pagas y nos esperábamos que nos dijeran que teníamos que entrar a comprarlas, hubo un rato de confusión y malestar pero al parecer funciona así: los guías devuelven el dinero que uno le pagó por la entrada a Machupichu y le hacen comprarla a uno mismo. Otra confusión se genera cuando ves que las entradas son para entrar dentro de un mes. El guía nos aseguró que no pasaba nada pero hasta que no estuvimos dentro de Machupichu no nos quedamos tranquilos. Allí otro guía nos contaría que eso es parte de una trampa a la que se presta el gobierno para sortear las condiciones de capacidad por día que le pone la UNESCO como entidad encargada de haber nombrado a Machupichu Patrimonio de la Humanidad. Sin comentarios.
La cena que viene después de esos ratos amargos, es muy buena. Lo pasamos bien charlando con nuestros nuevos amigos chilenos. Paseamos un poco por las callecitas de Aguas Calientes, me compré un bolso de tejido típico peruano y algún imán para regalar. Y a dormir, que al otro día habría que levantarse a las 4 am.
De Aguas Calientes a Machupichu
Antes de las 4.30 am estábamos listos para subir a Machupichu, en la plaza principal de Aguas Calientes. Llovía mucho y finito. Hacía frío. La excursión no pintaba bien. Íbamos con una linterna ecológica que en esa ocasión no resultaba útil porque te ocupa las manos al tener que darle a la manivela que la recarga. Caminamos hacia el primer control de pasaporte y entrada por un camino embarrado y lleno de charcos que a duras penas veíamos a tiempo para sortear. La cola de espera era inmensa. Y se hizo aún más inmensa detrás nuestro.
A las 5 am comenzamos a subir las escaleras hacia Machupichu. Teníamos que llegar a las 6.15 am, hora en que habíamos quedado con nuestro guía para entrar todos juntos en grupo. Era imposible ya que decían que se tardaba una hora y media en subir. De todas formas, el grupo esperaría hasta las 6.45 am si no habían llegado todos los integrantes. Así que teníamos algo de ventaja pero no demasiada.
Subiendo de Aguas Calientes a Machupichu, Perú, 2014
Son 2500 escalones para subir a Machupichu. Hay descansos pero no muchos. Los escalones son altos. La escalera va haciendo zigzag. Y la verdad es que nos costó mucho más de lo que imaginábamos. Nunca habíamos subido tantos escalones en nuestras vidas. Hubo momentos en que pensamos que no llegaríamos, que era imposible, que tendríamos que volver y comprar los pasajes de bus de subida. Nos faltaba el aire, las piernas nos temblaban. Nos dimos cuenta que estábamos fuera de estado y que el mal de altura no ayudaba. Dos veces estuvimos a punto de renunciar y nos animamos el uno al otro. “Llegamos hasta acá, ahora no podemos bajar los brazos, hay que llegar, tenemos que subir para ver Machupichu”. “Dale, vos podés, podemos, juntos podemos, tenemos que llegar, no se puede volver atrás”.
Y llegamos.
Dos horas más tarde de haber iniciado el ascenso, llegamos al final de la bendita escalera incaica. El grupo ya se había ido. No hacía mucho. Hacía quince minutos que habían entrado. Lo supimos después. Pero no veíamos la banderita por ninguna parte. Encontramos otro grupo que se llamaba igual y nos unimos. Nadie se dio cuenta.  A lo mejor nuestro grupo estaba dividido en dos. Lástima que no estaban nuestros amigos chilenos para compartir la experiencia, porque habían ido delante.
Ya nada importaba. Estábamos en Machupichu. El dolor y el cansancio se habían quedado atrás. La emoción por haber llegado y estar contemplando uno de los lugares más maravillosos del mundo, era plena. Nos invadía.
Machupichu, Perú, 2014, Disfrutarlavidahoy.com
Machupichu, Perú, 2014, Disfrutarlavidahoy.com
Recorrimos todo, de punta a punta, escuchando atentamente las explicaciones del guía. Admiramos las construcciones, contemplando el paisaje, las montañas, la niebla que poco a poco se retiraba junto con las nubes, las llamas que pastaban acá y allá, las escaleras, los caminos. Todo lo que nos rodeaba era digno de admiración.
Machupichu, Perú, 2014, Disfrutarlavidahoy.com
Cuando la visita guiada terminó, nos quedaba una cosa que hacer antes de irnos a tomar el bus que nos bajaría a Aguas Calientes: subir a la cima de Machupichu y contemplar las ruinas de la ciudad incaica y la montaña Waynapichu desde lo alto. Y lo hicimos. Y nos sentamos en el borde de una terraza a descansar. Y fue en ese momento cuando nos dimos cuenta que habíamos cumplido un gran sueño, de esos por los que merece la pena luchar, contra la falta de aire, las escaleras, el frío, la lluvia, contra todo. Merece la pena.

Un sueño cumplido llena el alma de felicidad.
Cima de Machupichu, Perú, 2014.

Buscando donde dormir en Cuzco

Siguiendo con los relatos de mi propio viaje por Latinoamérica en 2014, hoy voy a contarles cómo fue la llegada a Cuzco y la búsqueda de un lugar barato donde dormir

Después de haber atravesado la frontera entre Bolivia y Perú a pie y haber rellenado un papel tras otro, continuamos la marcha hacia la ciudad de Cuzco en el bus con el que partimos desde La Paz.

Llegamos a Cuzco por la noche. Teníamos que buscar donde dormir. La estación de buses estaba tan llena de gente que nos bloqueamos por un momento. No sabíamos hacia dónde ir, cómo esquivar a la gente y los miles de bultos alrededor de ellos. Se oían muchas conversaciones a la vez y algún que otro grito. Entre esos gritos oímos a una mujer bajita anunciando su alojamiento.

Estábamos cansados y con muchas ganas de darnos una ducha caliente y a la vez queríamos tratar de reservar un tour o un pasaje de bus hacia Aguas Calientes para subir a Machupichu. Así que confiamos en aquella pequeña mujer peruana, de nombre Felicita, que nos habló de una habitación en el centro de Cuzco, muy cerca de la Plaza de Armas, y de la posibilidad de hacer la excursión a Machupichu con una agencia que ella conocía. Confiamos y no nos defraudó.

Nos tomamos un taxi hacia La Plaza de Armas y de ahí subimos al hostel de Felicitas que no era más que un par de habitaciones con baño en un primer piso de un edificio similar a las corralas de Madrid, con escaleras de hierro en forma de caracol. Contentos con haber encontrado fácilmente alojamiento hablamos con la mujer para reservar la excursión a Aguas Calientes y Machupichu. Llamó por teléfono a la agencia ya cerrada y nos apuntaron. Al día siguiente, un minibús nos pasaría a buscar a las 7 am.

El problema vino a los pocos minutos, cuando al intentar ducharnos, no salía agua. Felicitas se preocupó y probó en el otro baño a ver si había agua. Nada. Preguntó a los vecinos y al parecer habían cortado el agua en los alrededores de la plaza por obras públicas. Nos ofreció irnos a duchar a su casa o acompañarnos a buscar otro alojamiento. Y optamos por lo segundo.

La verdad es que fue muy amable al intentar buscarnos un hostel económico. Hablaba ella, intercedía por nosotros explicándoles la situación a los recepcionistas o dueños. Subimos y bajamos varias veces las escaleras de la zona del centro que estaba llena de locales y turistas paseando, entrando y saliendo de bares y discotecas. Notamos lo movida que era la ciudad y que si queríamos fiesta, la tendríamos. El tema es que no la queríamos y fue por eso que rechazamos hospedarnos en un hotel que nos ofrecía una habitación sobre un pub. Cruzamos la Plaza de Armas varias veces, fuimos y vinimos y ningún alojamiento en los que preguntábamos tenía habitaciones y los que tenían eran hoteles caros (de 50 o 60€ la noche), muy lejanos a nuestro plan mochilero. 

Escaleras de la calle Huaynapato, Cuzco, Perú, 2014 
Cuando ya casi habíamos perdido las esperanzas (Felicitas incluida), conseguimos dar con La Posada del viajero, a 3 manzanas de la Plaza de Armas. Felicitas intentó que nos hicieran precio pero no fue posible. Nos costó cerca de 40€ la noche, como si de un hotel español se tratara, pero conseguimos lo que queríamos: darnos una ducha de agua caliente y descansar bien para emprender al día siguiente nuestra tan anhelada excursión a Aguas Calientes y Machupichu. 
Plaza de Armas por la mañana, Cuzco, Perú, 2014

De paso por La Paz, Bolivia

El viaje a Bolivia estaba resultando una aventura y solo llevábamos cinco días en el país. Queríamos ir a La Paz y la Isla del Sol pero no teníamos muy claro cuántos días dedicaríamos a uno y otro sitio, ya que la meta del viaje estaba en Machupichu.

Nos despedimos de nuestros compañeros de excursiones y salimos desde Uyuni a La Paz en un bus nocturno para ir durmiendo. Llegamos a las 7.30 am a la capital de Bolivia y nos tomamos un té con pan en la estación de autobuses que parecía estar despertando a esa hora. 

En la cola del baño de la estación me sentí extranjera. A esa hora, solo había mujeres locales, con sus trenzas de pelo oscuro, sus faldas coloridas, su carga al hombro, bajitas y encorvadas por el peso de la carga, esperando su turno pacientemente. Pero lo que más me llamó la atención es que la fila para entrar al baño de hombres era más larga y todos entraban con un bidón de agua en sus manos. Todos menos los extranjeros que parecían desconocer la costumbre del lugar.

Queríamos ver La Paz. Queríamos, de verdad. Sin embargo, una idea venía rondando nuestras cabezas: ¿Y si seguimos viaje hacia Perú y ya vemos La Paz en el camino de regreso a casa? Y cuando una idea surge en los dos viajeros se instala de manera que es difícil ignorarla. Así que en cuanto desayunamos y las oficinas de transporte abrieron, nos informamos sobre los horarios de salida de los buses a Cuzco directos y nos compramos dos pasajes para las once o doce del mediodía.

Ya que nos quedaban unas horas para embarcarnos otra vez en un bus durante ocho horas, aprovechamos nuestro paso por La Paz para intentar conocer los alrededores de la estación de buses. Dentro, la gente no había sido muy amable así que esperábamos encontrarnos gente más amable fuera. Asomamos nuestros ojos inquietos y nos topamos con varios taxistas ofreciéndose a llevarnos al centro de la ciudad. Agradecimos y cruzamos la calle en dirección hacia un edificio que anunciaba “Hostel” con un cartel luminoso. Tomamos nota de la dirección y los precios y nos fuimos.

Zona céntrica de La Paz, Bolivia, invierno 2014
A simple vista, la ciudad no invitaba a recorrerla. No sé exactamente bien porqué. Quizás la cantidad de coches yendo y viniendo, los bocinazos, los edificios de ladrillo a la vista a un lado y a otro del camino, el griterío y el ruido, la falta de tranquilidad, de paz. Ironía del destino que la ciudad de La Paz nos ofreciera de todo menos paz.

Dicen que la experiencia en un sitio depende mucho de nuestro estado de ánimo y a veces pienso que fue la ansiedad por llegar a Machupichu y el agotamiento del viaje en bus desde Uyuni lo que me hizo ver de aquel modo La Paz. Pero no fue el único día que estuvimos de paso por la ciudad. Al volver de Cuzco, cuatro días después, tuve la misma sensación o peor. La Paz, definitivamente, no nos gustó.

Segundo paso por La Paz

Al llegar por segunda vez a La Paz creí que todo sería más fácil porque ya estábamos menos ansiosos y teníamos tiempo de sobra para recorrer la ciudad, ir a Isla del Sol y regresar a nuestro punto de partida a través de la Quiaca en Argentina. Sin embargo, la experiencia fue bastante fea. En la estación de buses la gente seguía siendo poco amable, tal vez cansados de los extranjeros con sus mochilas que llegan todos los años a la ciudad o tal vez por sus motivos personales. La cuestión es que todos nos huían o nos miraban con desconfianza, nos atendían con desgano y prisa. Empecé a extrañar las sonrisas y me di cuenta que eso me ponía triste.

En el hostel donde pensábamos pasar la noche no tuvimos mejor suerte. El recepcionista no nos atendió bien y nos hizo sentir incómodos así que decidimos irnos a buscar otro sitio donde dormir. En la oficina de turismo nos habían hablado de la Iglesia de San Francisco así que nos dirigimos hacia allí para ver si teníamos mejor suerte con los hoteles de la zona. Por el camino, seguimos encontrándonos muchos coches y mucha gente. Miramos hacia la montaña y vemos que está totalmente urbanizada: un edificio tras otro, encima del otro, amontonados de forma desorganizada afeando el paisaje.

Detrás de la Iglesia San Francisco, las calles estaban en obras así que los turistas y locales se amontonaban entre las aceras y las calles cuesta arriba. Los coches que se atrevían a subir la cuesta no tenían casi por donde pasar de la cantidad de gente que sobresalía de las aceras. Paramos en una agencia y preguntamos por la excursión a Isla del Sol. Ya salía al día siguiente así que teníamos tiempo de ubicarnos primero.

Plaza San Francisco, La Paz, Bolivia, Invierno 2014
Encontramos un hotel en la zona cercana a la peatonal Linares que también estaba en obras. El hotel se llamaba Lion Palace Hostel y era muy bonito y bastante cómodo así que pudimos por fin descansar. Y recobrar fuerzas para irnos a recorrer la ciudad.

Dimos unas vueltas, nos perdimos en un barrio desolado, que olía a pescado y a fruta podrida, nos topamos con un callejón sin salida y las pocas personas que había en la zona nos miraban con desconfianza. No había ni un turista por allí. Entramos en un kiosko que tenía un teléfono antiguo que podía utilizarse por unas monedas. Lo hicimos para llamar al teléfono que nos habían dado en el hotel de una persona que organizaba excursiones a Isla del Sol. No pudimos escuchar bien a la persona que nos atendió así que abandonamos la tarea y decidimos volver a la zona de la peatonal Linares para ver si alguna de las agencias seguía abierta y podíamos contratar la excursión.

Calles de La Paz, Bolivia, invierno 2014
Por suerte, unas horas más tarde dimos con una mujer muy amable en una agencia en una de las calles cercanas a nuestro hotel y por algo más de 400 bolivianos contratamos la excursión para dos, saliendo desde La Paz a Copacabana, cruzando el Lago Titicaca y llegando a la Isla del sol después de comer. Pero este día lo cuento en un próximo artículo.

La verdad es que me hubiera gustado que nuestro paso por la Paz fuera más agradable, que la gente nos hubiera encantado, que el paisaje nos hubiera enamorado pero no fue así. La Paz no nos gustó. La gente con la que tratamos, salvo una excepción, no fue amable. No respiramos ni alegría ni tranquilidad. Nos pareció una ciudad algo caótica, sucia, dejada, maltratada, ruidosa y superpoblada. Y a día de hoy aún sigo preguntándome si solo fue una sensación nuestra o si de verdad La Paz no es una ciudad linda y amable al viajero.